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martes, 19 de febrero de 2013

Adiós a la vida au pair


"Recuerdo cada vez que llevaba a los niños al parque,
veía pasar los aviones y decía: 'algún día yo estaré
volando de regreso. Algún día.' ¡Y ya era ese día!"
-Pepina-


A Pepina la conocí un sábado. Yo tenía aquí seis meses y ella apenas una rama (ejem, no. Perdón. Una semana.) Para ese entonces Luciérnaga y yo éramos bests y le dimos la bienvenida comiendo unos tacos horribles en un minimercado latino. Creo que nuestra labor como comité de bienvenida fue pésima porque nos dedicamos a quejarnos y a reenlistar por quincuagésimonovena vez todo lo que extrañábamos de México en lugar de congratularla por su decisión de emigrar. Sin embargo, Pepina perdonó la mala inauguración y se convirtió en mi amiga: una excepcional, vale aclarar. 

El tiempo pasó. Yo decidí extender. Ella no (aunque se lo imploré y recurrí al chantaje) y terminó su año de au pairismo hace una semana para volar de vuelta a México después de una despedida con hamburguesas y crisis de equipaje aeroportuaria.

Su partida involucró más que una despedida pues representó, además, una reconfiguración de mis expectativas sobre volver. Acompañarla durante las últimas de sus semanas de estadía en este país hizo que todas a su alrededor experimentáramos la partida casi como si fuésemos nosotras quienes estábamos despidiendo de la vida au pair.

Por ejemplo: ver a Pepina empacar me hizo temer sobre el peso que tendrán mis maletas cuando vuelva, pues durante este año y medio he adquirido una exorbitante cantidad de ropa y zapatos: la mayoría altísimos y con suelas pesadas, mismas que espero la próxima vez que me asalten, funcionen como arma letal voladora y compensen el desfalco al que me sometí por adquirirlos. También me dio temor pensar en tener que despedirme de esta casa con todas sus comodidades y sus habitantes, a quienes no sé si aprecio más que a las comodidades, pero definitivamente sí estimo. Al mismo tiempo, la noche en que despedimos a Pepina, me di cuenta de aunque estoy ansiosa por volver, aún no estoy lista para hacerlo      -quizá nunca lo esté- y enfrentarme al estrés de conseguir un nuevo empleo, manejar en carreteras agujeradas y renunciar a los planes viajeros de cada fin de semana. 

Y es que la vida de au pair es muy confortable. Desde luego, como he repetido incesantemente desde que llegué, resulta abrumador vivir con una familia extraña y depender de ella, hacerse cargo de niños malcriados y perder uno o dos años haciendo algo laboralmente improductivo. Pero simultáneamente, cuando uno se adapta, el confort comienza.

Uno se acostumbra pronto a que el servicio celular siempre esté cubierto y uno no tenga que cruzar los dedos al enviar un mensaje esperando que el saldo restante sea suficiente, a tener amigas que comparten la misma realidad que uno y que siempre estarán cerca porque el exilio afianza los lazos, a que cada fin de semana haya un plan emocionante para llevar a cabo, a los domingos de Starbucks, a tener un automóvil que nos haga olvidar las incomodidades del transporte público, a los servicios primermundistas, al poder adquisitivo gringo, y a tener un trabajo estable que nunca cambia pues se trata de repetir la misma rutina cada día: nunca aparecerán compañeros de trabajo antipáticos ni clientes detestables.
Uno se habitúa a la vida au pair mientras mira los aviones en el cielo esperando por el momento en que tomemos el propio y volvamos a casa; y cuando ese momento llega, nada podría ser más agridulce: volvemos a lado de los nuestros, nos olvidamos de adivinar humores ajenos, recuperamos nuestra libertad, nos reencontramos con nuestros sabores y nuestros semáforos con sus lindas luces verdes tintineantes, pero también sabemos que no volveremos a comprar una blusa Aeropostale en un buen rato, que nuestras amigas tienen novios u otras amigas y no siempre estarán disponibles los fines de semana, que ya no somos las hermanas mayores adoptivas y tenemos que luchar por el último trago de CocaCola contra nuestros hermanos -los de a deveras-, que en nuestra casa no hay agua caliente las 24 horas, que nadie nos pagará nueve mil pesos (o el equivalente a la divisa de nuestro país) por supervisar a un par de niños pequeños -labor que nos permite actualizar féisbuc, divagar, o reposar horizontalmente en horas laborales- y sobre todo: que la vida ha vuelto a ser justo como era cuando decidimos que queríamos un cambio.

jueves, 13 de diciembre de 2012

¿Vale la pena ser au pair?

No me había enfrentado a esa cuestión en todo este tiempo. O más bien, nunca había tenido que contestarla negativamente, porque siempre me pareció que a pesar de todo, la experiencia au pair valía la pena. Vale la pena soportar berrinches, añoranzas, reglas de tránsito extrañas, hambruna, dormir a horas ridículas, pedir permiso para todo y volverse incapaz de planear su propia vida, porque a cambio uno obtiene el reconfortante beneficio de vivir en el extranjero, experimentando lo que no viviría en el país de nacimiento.

Eso me había quedado claro a mí hasta hace dos semanas. Aunque mucho me he quejado, siempre he concluido que valía la pena todo lo añorado y los momentos perdidos (fiestas, reuniones, navidades, ocasiones ordinarias de las que uno participa sólo a través de féisbuc mientras los demás siguen con su vida) a cambio de lo que uno aprende y vive cuando se viene de au pair, pues para mí ha sido la mejor escuela de manejo, de cocina y de supervivencia que he tenido.

Sin embargo, hace apenas dos domingos mi convencimiento se cimbró y algo parecido al arrepentimiento me tuvo cautiva un par de días. Mi novio, mi adoradísimo novio (seis años de relación, propuesta matrimonial de sobrecama con anillo incluido, planes de boda y asignación definitiva de nuestra nueva morada a mi regreso) me confesó que tenía ya dos meses viviendo con una mujer. Una mujer a quien ahora todos conocen como su novia, incluidos sus papás.

No tiene caso hablar de cómo se me derrumbó el mundo ni de cómo he padecido un calvario pensando qué haré de mi vida cuando vuelva, ni del infierno que resulta para mí recordar cada noche que mientras yo duermo sola en esta cama, sus brazos abrigan una espalda que no es la mía. No. Lo que intento externar y poner bajo la lupa es si realmente consideramos los riesgos que una experiencia así puede tener para nosotras, y si alguna vez nos cuestionamos si vale la pena tomarlos.

Como he dicho antes, mi novio -ahora exnovio, pero para fines terapéuticos lo seguiremos llamado novio en esta entrada- me brindó todo su apoyo para que yo tuviera esta experiencia. Me contactó con amistades para obtener la experiencia calificada, me acompañó a la Ciudad de México para tramitar la visa, me enseñó a nadar (yep... shame on me), y me ofreció toda la seguridad que tuvo a su alcance para que yo hiciera esto que él consideraba una oportunidad única. Estuvo conmigo desde el momento en que se me ocurrió la idea, pasando por el martirizante matching process (se emocionó conmigo cuando llegó la primer familia y se desesperó a mi lado al intentar hacer la cita en la embajada), y permaneció a mi lado cada noche mientras yo le resumía un día de berrinches, siestas, niños vomitones y paranoia por un rematch que nunca llegó. No tengo queja alguna y no puedo culparlo por lo que sucedió.

¿Mi gran error? Jamás considerar que eso podría pasarnos. Confiar desmesuradamente en mi relación, por la fortaleza que había demostrado tener. Pensar que lo nuestro estaba en un nivel superior al de los celos ordinarios y la necesidad de tocar al otro todo el tiempo. Todo mundo me preguntaba si mi novio se había molestado con mi decisión de extender y yo siempre respondía: "¡En lo absoluto! Él me apoya porque dice que es una oportunidad que no tendré otra vez", y ésa era la postura que él tenía. Y yo jamás pensé que podríamos terminar. Nunca. 

Temí que pudieran morirse las personas más viejas que conozco: el tendero de la esquina y la vecina que reza el rosario en su cochera cuyo pelo es blanco desde que yo era una niña. Supe que podía perder contacto con algunas personas o que algunas relaciones se enfriarían. Estuve consciente del inexplicable hueco que habría en mi currículum vitae de 2011 a 2013. Pero jamás pensé que podía terminar con mi novio. Teníamos una relación tan madura que nos había costado tanto cimentar; habíamos pasado ya por tanto, nos habíamos demostrado amarnos como no lo habíamos hecho antes, nos comunicábamos de una forma tan íntima, tan abierta, que a veces ni necesitaba palabras, nos habíamos dicho más de una vez que finalmente habíamos encontrado a la persona en la que queríamos habitar el resto de nuestras vidas, que jamás pensé que catorce meses y una vecina en falda podrían terminar con todo. Cuando escuchaba o leía historias au pair de chicas que terminaban con sus novios en el transcurso de su año yo decía: "eso no nos va a pasar a nosotros." Cuando me reencontré con mi novio en el aeropuerto y sentí en un abrazo ese cúmulo de amor, de deseo, de felicidad contenida por meses liberada en dos segundos, me aseguré a mí misma que 'eso' no me iba a pasar a mí. No a nosotros. Porque mi novio no es un niño, porque lo nuestro sí es amor del bueno, porque mi novio me ama lo suficiente para dejarme crecer, porque yo confío en él ciegamente, porque él me ha dicho que sabe esperar porque la recompensa final es tenerme para siempre, blablablá...

Y entonces, ese domingo después de terminar la última llamada telefónica que nos haríamos, con las mejillas aún saladas, me pregunté si lo vivido aquí me había valido la pena por lo que estaba perdiendo. Y hoy aún intento encontrar la respuesta. Muchas cosas aquí parecen ya no tener sentido. Gran parte de lo que yo hacía aquí lo hacía por los dos: aprender inglés y tomar una certificación en el extranjero para tener un buen empleo en México y que los dos viviéramos mejor. Cocinar tanto como pudiese para habituarme a la tarea y ser una mejor esposa. Y ahora... bueno, ya no me siento tan motivada para soportar berrinches los seis meses que me quedan ni siento que ir a Disneyworld sea tan fantástico.

Yo no creo en las medias naranjas ni en que todo ocurre como obra de un plan divino que siempre trae mejores cosas cada vez. No. Yo creo en las pérdidas. Yo creo en las consecuencias de nuestras acciones. Y creo que cuando un hombre dice que "finalmente el tiempo y la distancia sí hacen mella" en lo que siente por su pareja, es porque no importa cuan fuerte, madura o estable sea su relación, SIEMPRE existe el riesgo de que un año en la lejanía lo eche todo a perder.

El consejo-moraleja-desvarío no es, desde luego, que como me pasó a mí, se preparen para ver cómo sus novios las engañan cuando dejen su país o que se hagan a la idea de nunca volver a ver al novio del que se despidieron llorando en el aeropuerto.

Mi consejo es que trabajen muchísimo en sus relaciones cuando estén acá: no las dejen rezagadas. Escriban diario a sus novios/novias (sí, es en serio: diario). Háganles sentir que los incluyen en sus días. No se olviden de agradecerles por su apoyo. Aunque tengan muchísimos problemas con su hostfamilia o su vida gringa en general, no se olviden de preguntarle a su novio por los suyos. Escuchen. Escuchen mucho. Confíen pero no se olviden de la falibilidad de las relaciones, y menos aún, de las relaciones a distancia.

Y también: piensen muy bien antes de extender. La decisión debe considerar más factores que los que toma en cuenta una chica sin compromisos. Ahora veo más claro que un año es suficiente. Valoren qué obtendrán con la extensión y qué ponen en riesgo. Curiosamente, mi novio comenzó a vivir con su vecina cuando yo cumplí un año y un mes aquí, y me faltaban ocho para volver. La extensión puede ser emocionante para nosotras, pero definitivamente no para ellos. Ellos estarán contentos de compartir con nosotros esta experiencia, pero quizá no de alargarla innecesariamente. 

Y sobretodo: don't take it for granted. No sabemos si a nuestro regreso vamos a encontrar a las mismas personas que dejamos, pero específicamente, no podemos asegurarnos que nuestras parejas van a estar ahí para nosotras. Todo puede pasar. Y entonces hay que sopesar si vale la pena.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Huida.

Post chillón , personal y hueco.
Siéntase libre de abandonar la sala.

A veces miro mis fotografías y sólo veo a una mujer pasándola bien en una fiesta con personas que conoce y reconoce, pero con las que no ha establecido un verdadero lazo, y siento que he desperdiciado mi vida en relaciones frívolas y pasajeras. Generalmente esto me ocurre cada diciembre 31 o en vísperas de mi cumpleaños, pero ahora me pasa quizá porque me puse un pantalón morado o porque anduve chismeando en el blog de una excompañera de teatro.

Como antecedente, he de decir que en mi vida me he equivocado mucho. Muchísimo. Que siempre tendré celos de quienes sí se atrevieron a remar contracorriente para lograr lo que querían, mientras que yo, cobarde como soy, transité por el camino seguro. Pocas cosas me han apasionado en la vida y no tuve el coraje suficiente para luchar por ellas. He sido talentosa para las mismas pocas cosas y, guess what, las abandoné por indisciplina y miedo, y me inscribí en la universidad para estudiar una carrera que, según yo, me aseguraría bienestar económico. Ingenuidad completa. Dicen que la estupidez de la adolescencia sólo se cura con la edad y es cierto.

A veces aún me pregunto cómo habría sido mi vida de haber tomado mis maletas para irme a estudiar la universidad en una ciudad vecina. Si, a diferencia de mis relaciones universitarias reales, el hecho de compartir casa con alguien más me habría ayudado a solidificar nexos emocionales genuinos con otro ser humano o si mi incapacidad para fraternizar es genética y nunca habríamos sido más que roommates temporales que se agregarán al féisbuc diez años después de egresar para decirse "hey ¿qué onda?" y nunca más cruzar palabra otra vez.
Cuando estudiaba la carrera me sentía perdida: no me entusiasmaba ejercer, al contrario, me aterraba que otra persona le confiase su salud mental a mis perturbaciones, manías y prejuicios. Pocos maestros me tenían agrado y mis calificaciones eran apenas promedio. Tenía amigos, pero sabía que en cuanto pusiéramos un pie fuera de la universidad los perdería para siempre y así fue: ellos siguen siendo amigos, apadrinan sus bodas, se dan regalos navideños y visitan veraniegamente al más afortunado de todos que consiguió trabajo en una playa, pero yo ya nunca más fui necesaria. Sabía que ése no era mi lugar y aún no me perdono no haber sido lo suficientemente honesta conmigo para buscar el mío. Para ese entonces, mis papás se estaban separando y mi mamá estaba mudando de empleo a uno infinitamente menos remunerado. Este par de eventos se convirtieron en mi coartada para estancarme y terminar una carrera a la que siempre le temí y para la cual no tengo ninguna aptitud, lo que derivó en mi aislamiento social, pues no pertenezco más a aquéllos que ahora forman parte del círculo de psicólogos con consultorio y secretaria con tacones provenientes de un catálogo de Andrea. Y eso me lastima como una piedra en el zapato: no lo suficiente para no dejarme vivir, pero siempre está ahí como un dolorcito. Una pequeña punzada que duele intermitentemente cuando mi novio cuenta anécdotas de su vida de estudiante en Valenciana, o cuando veo una foto de los colegas psicólogos en las reuniones a las que yo dejé de asistir porque no tenía ninguna anécdota profesional sobre pacientes suicidas recuperados, para farolear al respecto. Un dolorcito que se siente como reproche, como vergüenza, como amargura. Prurito que parece decir: "eres una tonta."

De modo que, tenía la idea de que venirme de au pair me serviría para sentir que me atreví a hacer algo en mi vida. Algo parecido a estudiar lejos de casa, que a la vez, me sería de utilidad para justificar el hecho de hallarme en la soledad absoluta (¿quién podría juzgarme por no tener amigos si no los frecuenté en los últimos dos años?). No lo pensé, pero pronto descubrí, que ser au pair, para mí, estaba convirtiéndose en ese período de supervivencia universitaria que nunca experimenté y que siempre deseé. Me di cuenta, además, de que quería demostrarme que esta vez sí podría establecer una relación sólida, que moría de ganas por compartir una circunstancia en común con alguien más que nos ligara de manera irrebatible (¿y qué mejor que el hecho de estar lejos de casa debatiéndonos entre la añoranza por los tacos y el amor por el shopping gringo?), que quería exponerme ante las dificultades que supone sobrevivir en el extranjero cuando no se está de vacaciones, pero sobre todo, descubrí que el exilio me serviría para perdonarme a mí misma.

Y en ésas estamos.

lunes, 17 de septiembre de 2012

México.

Ayer México celebró 202 años de haber iniciado la guerra que, once años después, le liberaría de la corona española, y que por supuesto, representa para los mexicanos una oportunidad más para festejar, emborracharse y agradecer a la suerte haber nacido en tierra azteca.

Pero en realidad, nowadays, no hay mucho qué agradecer: una democracia de chiste, una soberanía cuasi utópica, un país inundado de violencia, portador de los primeros lugares mundiales en corrupción, nepotismo, homicidios juveniles, obesidad infantil, deserción escolar, feminicidios, asesinatos de migrantes y secuestros, una economía debilitada y frágil, una gran brecha entre clases sociales y verdaderas vejaciones de quienes tienen el poder hacia la clase trabajadora. Así pues, no parece una gran fortuna ser mexicano.

De modo que no resulta congruente festejar con algarabía cuando el país atraviesa por una crisis de naturaleza múltiple, porque trabajos hay menos y prestaciones para los servidores públicos hay más, porque nuestro próximo presidente no ha sido electo por el pueblo sino impuesto por una televisora bajo un proceso fraudulento que quedó a la vista de todos sin que pudiésemos hacer algo más que tuitearlo, y porque enfrentamos una absurda guerra que ha dejado más de 60 mil muertos sin beneficio alguno.

Sin embargo, yo, como mexicana viviendo en el extranjero, tengo bien claro qué amo de mi país, más allá de la gente que dejé ahí. Aprecio ahora más que nunca, nuestra comida, los billetes de colores, el servicio de transporte público, la posibilidad de caminar entre un punto y otro, la educación basada en nalgadas, los canales de televisión abierta, y el hecho de que mandar a un niño por las tortillas no ocasiona que vayas a prisión.

Por eso: felicidades México. Te extraño a pesar de todo.

Pero por ahora, agradezco la donut doble glaseada que voy a bajar a cenar mientras veo una serie en Netflix y me refresca el aire acondicionado.

domingo, 12 de agosto de 2012

Desconsideración.

Bien pronto me di cuenta de que a mis hostipatrones les importo yo muy poco. Y no es que esperara que les preocupase la salud de mi perro, o que les interesara saber si me divertí el fin de semana, pero sí esperaba que la actitud integradora que tuvieron los primeros cinco días posteriores a mi llegada les durara un poco más que eso.

Tenía yo como dos semanas de haber llegado, cuando noté que una vez que mi comida entrara al refrigerador, pasaba a ser propiedad de la comunidad y que no les importaría demasiado desecharla si lo consideraban pertinente. Lo más reciente: preparé un adobo al pastor (adobo mexicano hecho con chile guajillo y jugo de piña, principalmente) que me costó un dineral porque aquí los chiles y las especias son carísimos, y lo guardé en el congelador para dosificarlo por varios días. Esos 'varios días' no fueron ni un par porque hostmadre lo desechó. "¿Lo querías? Pensé que ya se te había olvidado. Y es que necesitaba el tupperware." Entendí que tratándose de mí, nunca se detendrían a pensar en que cualquier cosa almacenada en el refrigerador, sobretodo algo preparado y no comprado, tiene una razón para estar ahí, que quien lo haya preparado invirtió tiempo y dinero en hacerlo, y que si está congelado es porque se pretende conservarlo para consumirse después.

A eso le siguieron las desconsideraciones que ya he mencionado otras veces, como abandonarme un fin de semana nevado, o bien, irse de vacaciones sin preguntarme si tenía dinero para comprar comida y sobrevivir en su ausencia.

Otras desconsideraciones, no obstante, me han parecido más delicadas. Como por ejemplo, olvidarse de llamarme a bajar al sótano durante una emergencia cuasi ciclónica. Resulta que una noche cayó una tormenta espantosa. El cielo se veía de un rosado que jamás había visto a las tres de la mañana, las ventanas vibraban y la casa retumbaba con cada destello. Días después, en una plática casual con los hostabuelos, mi patrón comentó que estuvo tan terrible la tormenta que desconectaron el suministro de energía eléctrica y se resguardaron en el sótano toda la noche porque temían que los cristales de las ventanas pudiesen romperse sobre ellos. Bravo. Salvo que mis ventanas estén blindadas, eso, queridos yankees, fue una gran culerada.

Con ese evento, mi situación se esclareció. No necesité más para entender -aunque un poco tarde- que si no les importa algo tan básico como mi seguridad, mucho menos ha de preocuparles que me aburra un fin de semana, que coma algo que me guste o que tenga oportunidad de ir al súper a comprar toallas sanitarias.

Por eso, ya no me sorprendió -aunque no dejó de indignarme- que nunca tuvieran el tiempo suficiente para ayudarme con el trámite de la licencia de conducir. Les pedí ayuda poco después de haber aceptado extender, es decir, hace tres meses después de darme cuenta que me sería imposible hacerlo yo sola. Se los dije por semanas y jamás les vi interés. Ahora, a quince días de que expire mi licencia internacional, se sorprenden porque no sabían que tenía fecha de vencimiento, y les preocupa un poco que la fecha más próxima para examen de manejo sea en octubre; pero no demasiado, porque durante mi extensión ya no necesitan que lleve a su hijo al kínder.

lunes, 2 de julio de 2012

Where is my heart?

Si hay algo que deteste más que empacar, es desempacar, terrible labor que me encuentro realizando por períodos de no más de cinco minutos desde antier en la noche en que regresé a mi hostcasa después de un breve viaje a México.

Los primeros días allá, con mi novio a lado, fueron un tanto abrumadores. Apenas lo encontré en el aeropuerto, me prendí de sus labios y pensé que nunca debí haberme ido. Esa noche comimos unos riquísimos tacos -de la gastronomía mexicana, lo que más extraño- y mi estómago dijo: "¡Estamos de vuelta!". Sin embargo, la magia, deben saber, duró poquitísimo. Al día siguiente me sentía en ningún lado. Dado que mi novio comparte su casa con otros estudiantes, yo sentía invadida nuestra privacidad aunque en realidad la invasora era yo. El servicio de internet estuvo siempre fallando y hacía un calor increíble que a falta de aire acondicionado, me hacía extrañar mis servicios primermundistas: sí, así de jodido. 


Días después, viajé a mi casa. El recibimiento de mi familia aún me tiene wordless: inaudito lo que se siente volver a estar entre los tuyos. Además, claro, la sensación de felicidad se acrecentó debido a que mi mamá cocinó exactamente cada cosa que se me antojó, y a que mi vida social no recibió ningún rechazo (nadie te dirá que no puede verte, cuando sabe que sólo estarás por unos días) mientras que mi reencuentro con la amplia gama de golosinas picosas mexicanas me hicieron pensar: "¡ya'stuvo, no volvemos a Gabacholandia!" Sin embargo, una vez más, el no tener una habitación en casa (y toparte con la que fuese la puerta de la tuya, cerrada con llave), que a la única persona a la que le interesa ver  tu álbum de 1347 fotografías con sus 1347 descripciones seas tú misma, que ya no tengas una rutina de vida en tu ciudad y que tampoco puedas actuar como si fuesen vacaciones porque los demás deben continuar con sus funciones que nada saben de beloved daughters que regresan del extranjero for a little while, me hicieron añorar ese lugar que ya reconozco como mío.

Pero más importante que eso, parecía ser el hecho de que al estar en mi casa recuperé algo de mi identidad perdida. De ésa que sacrificas al firmar para Cultural Care. Volví a reír abiertamente en la sobremesa y a contar historias completas sin temor a que se me acabaran las palabras, dormí tanto como quise sin tener que dar explicaciones, comí en cantidades exorbitantes sin recibir reproches sobre mis malos hábitos, salí y entré de mi casa cuanto quise y sin depender de ningún humor ajeno, hice berrinche y maldije cuando sentí que necesitaba hacerlo en lugar de fingir resignación y encerrarme en mi cuarto a patalear como haría aquí, y abracé, besé y le sonreí a la gente a mi lado como hace casi un año no hago y parezco un tanto esquizoide.

Estando allá, más de una vez dije que ya no me regresaría. A pesar de todo. De la falta de habitación y de la sensación de haber sido descongelada recientemente. No obstante, en la fecha límite para pagar mi extensión, la cajera estúpida de un lugar donde desayuné, bloqueó mi tarjeta de débito y yo no podía hacer el pago. El terror que me dio pensar en que ya no podría quedarme más tiempo en Estados Unidos, puso todo en su sitio.

Al final salí bien librada y regresé. La despedida, he de decir, fue mucho más difícil que la primera vez, porque es como reprobar un año escolar: hay que empezar de ceros otra vez. Como sea, lo hice y volví a mi cuarto. Éste que ahora siento tan mío como ya casi nada. Sin embargo, no pude evitar sentir que me traicionaba a mí misma cuando me enternecí al recibir de mi hostfamilia un globo de "Welcome home" luego de llegar del aeropuerto. Mi corazón ya no sabe exactamente dónde está.

Por ahora, como sea, sólo nos ocupamos de desempacar.

viernes, 4 de mayo de 2012

Confianza.

El otro día, Pepina me preguntó cómo cocer un huevo y cómo -más difícil aún- saber que ya estaba listo para comerse. Dicho evento, aislado en la biografía de cualquier persona sería completamente irrelevante. O al menos, mucho menos relevante que una titulación, un terremoto o el día que te atropelló un repartidor de pizza sin frenos, pero no en la mía. En mi biografía un evento como tal (¡alguien preguntándome A MÍ los secretos de la cocina!) merece una mención honorífica.

Y es que,  aunque  al venir aquí la cocina no me era completamente desconocida (dije 'completamente', mamá), jamás me había imaginado auxiliando a alguien en las labores culinarias, por muy básicas que éstas fueren. De modo que, situaciones como ésa, me han puesto bajo mi propia lupa para observar qué ha cambiado en mí en los últimos ocho meses.

He descubierto con agrado que soy mucho menos preocupona, como más verduras, me importa menos cómo luzco, soy más egoísta, me siento más motivada a aprender, cedo un poco más y hago menos berrinches, tolero un poco más la frustración, uso zapatos de piso todo el tiempo, padezco las niñerías de los demás en lugar de propiciarlas y disfruto mucho más de mi tiempo a solas.

Pero lo más importante de todo, es que ahora confío mucho más en mí.

Cuando todo se pone difícil, me recuerdo a mí misma vaciando mi vida en una maletita y dejando cualquier sensación de seguridad detrás. Me recuerdo lo lejos que estoy de mi casa y los meses que he sobrevivido a berrinches castrantes, lavavajillas que escupen detergente y embotellamientos de autopista, sin regresar llorando a ese seguro rincón que es el regazo de mi madre. Y entonces me creo capaz de salir del apuro o de arriesgarme, cual sea el caso. Ahora me gusta ponerme en situaciones desconocidas y salir bien librada de ellas.

Y es que la autoconfianza no es difícil de lograr cuando atiendes un par de monstruitos que dependen completamente de ti y cuando, encima, pasas mucho tiempo sola en un suburbio rodeado de venados y ardillas dientonas donde tú eres tu propia compañía y tu mejor razón para no perder la cordura; y sobretodo cuando te das cuenta de que sólo te tienes a ti misma: que nadie vendrá a cocinarte lo que más extrañas de tu país y que nadie va a contradecirte en un día de tristeza cuando no quieras ir a la escuela. Entonces ocurre. Y un día te das cuenta de que estás preparándole chilaquiles a una amiga que vino a visitarte desde muy lejos, y se los ofreces gustosa, sin temor a que los mire feo o que se les coma por puro compromiso. También te das cuenta de que estás manejando de noche y lloviendo cuando creíste que jamás podrías hacer algo así, y lo que es mejor: no vas repitiendo como demente la oración del conductor, sino que vas disfrutando el trayecto porque estás tranquila. Y también te descubres formada en el Drive Thru (o automac en México) de McDonald's expectante por ordenar tu comida, sabiendo que a pesar de tener dificultades al ordenar porque nunca entiendes nada, al final saldrás de ahí con tu McFlurry Oreo sin la sensación de haber hecho el ridículo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

De los que se quedan.

Ayer, en mi rondín habitual por féisbuc, me enteré que mi hermana menor fue asaltada el día de ayer por tres cholos armados con pistola, que irrumpieron el local comercial donde ella se encontraba. Tirada en el piso junto con los demás clientes del negocio, mientras los hijosdeputa los pateaban al tiempo que los saqueaban sin dejar de apuntarles con sus armas en ningún momento, ella supo que su vida dependía de la salud mental y de la culerez de los animales en cuestión, que en menos de medio segundo y con un  insignificante chasquido producido al jalar del gatillo, podrían decidir terminar con su vida en cualquier momento.

En México, mi amado y añorado país, tristemente ése no es un escenario inusual. Sin embargo, no deja de ser indignante y atemorizante cada vez que ocurre en un perímetro al que estamos habituados. No hace mucho, mi novio y yo también fuimos asaltados por un tipo que con una navaja-cuchillo-espada de esgrima-no sé nos hizo despojarnos en dos segundos de lo que nos había llevado meses ahorrar para conseguir. Y aunque salimos 'bien librados', no dejó de parecernos escalofriante, y ambos coincidimos en que jamás podríamos acostumbrarnos a vivir así, y a verlo con normalidad cada vez que nos ocurra, ya sin sentir miedo, rabia, indignación o frustración.


Mi hermana está bien, afortunadamente. Se quedó sin celular y sin cartera, pero no tiene más qué lamentar.  Sin embargo, yo, a miles de kilómetros de casa  (3781 kilómetros según Google Maps, y 3100 según tutiempo.net), sí lamenté ayer, no estar con mi familia. Como decía, me pareció indignante, repulsivo y frustrante. Que alguien, salido de nowhere, llegue al lugar donde desafortunadamente estás tú y, abracadabra, "esto es un truco de magia y desapareceré todo lo que traigan. No me importa si todavía lo están pagando o si lo necesitan para llegar a fin de mes." Además, de que, claro, existe la posibilidad de que el acto final del show, incluya el viejísimo pero impactante truco de la bala escondida en el cerebro de alguno de los asistentes.

Sé que no fue el gran evento y sé también que nada habría cambiado si yo hubiese estado ahí, pero aun así, anoche sentí muchas ganas de estar con mi familia. Además, mi particular situación y enfermo funcionamiento intrapsíquico, me hicieron blanco de la culpa por haber mejorado mi calidad de vida -en cuanto a seguridad refiere- mientras que mi familia se quedó en un país que empeora cada día, donde ya ni siquiera te salvas con ser modesto y no alardear de tus nuevas adquisiciones, donde ya las recomendaciones escapan al: "no subas fotos de tu coche a féisbuc" porque ya te asaltan o secuestran aun cuando eres un obrero que gana el salario mínimo y piden rescates millonarios a familias humildes que jamás podrían reunir tales cantidades, donde ya ni siquiera la hora es un marcador para confiar porque los asaltos ocurren en días soleados a la puerta de tu casa, donde cualquier haragán tiene acceso a un arma y decide que no desea trabajar más el resto de su vida, donde las organizaciones delictivas piden una cuota mensual a los empresarios y comerciantes -prósperos o no- para dejarles trabajar.

No es que viva con el chicote flagelándome por mi decisión de dejar a mi familia: aprovecho esta experiencia tanto como puedo para que cuando regrese a la vida de la que me vine huyendo -asaltos incluidos- me sienta satisfecha de haberla exprimido en su totalidad. Sin embargo, con mis atropellados sentimientos, sé que nunca dejé de estar allá. Que la mitad de mi deseo y de mi ímpetu aventurero está amarrado a lo que dejé allá, y a lo que he de encontrarme cuando vuelva.

No es ésta una entrada que piense demasiado, ni una que pretenda hablar sobre algo que resulte común para todas. Ni siquiera entiendo bien hacia dónde estoy yendo con las palabras aquí expuestas. Quizá es sólo la constante incertidumbre, que a veces se calma un poco cuando el corazón siente confianza.

 Y es que, cuando decides venir para acá por un largo año, estás renunciando a TODO. Porque no hay garantía de que cuando regreses vayas a encontrarlo de vuelta. Te imaginas a tus papás recibiéndote de vuelta en el aeropuerto y a tu perro orinándose del gusto de volverte a ver (con o sin sonsonete de Ringo Tovar). Piensas que tu casa estará ahí para recibirte de vuelta y que la gente que conoces no será abducida por un OVNI.

Pero no sabes si eso va a pasar.

Parece fácil considerarlo e incluso evidente dentro de los riesgos de cualquier viaje largo, pero  la verdad es que no nos lo imaginamos, hasta que recordamos la fragilidad de la vida misma. Cuando recordamos que nuestra vida y la de los nuestros no sólo depende de nuestra salud y de la probabilidad de evitar un accidente común como que te atropellen o te caiga un yunque en la cabeza, sino también del humor de un marihuano armado con una pistola y con ánimos de asaltar el café donde nos encontramos, es entonces cuando en verdad lo consideramos, y hasta entonces sentimos el escalofrío pertinente.

Un largo año. Ellos allá y tú aquí.

domingo, 9 de octubre de 2011

Hoy me regañaron.

Hoy domingo me desperté a las nueve y media de la mañana, lo que consideré un evento afortunado ya que los pequeños moradores de este hogar tienen la insensatísima costumbre de despertar  cada día a las 7.30 a.m., independientemente de los compromisos escolares que el día pueda o no tener para ellos; y hacer muchísimo ruido después de su puntual despertar.

Bajé y la casa estaba sola. ¡Otro evento afortunado! Me bañé, desayuné mis CocoaKrispies, me vestí y me puse online para melosear con mi novio todo el día. Hasta ahí la ausencia me había sentado bien; sin embargo, cuando empecé a sentir hambre y vi que no había nada para comer, salvo alimentos que yo consideraría más bien una botana -como barritas de queso, yogur, galletas y cacahuates-, y un congelador lleno de vegetales verdes que no comería salvo que hubiese una hambruna mundial y dicha reserva constituyera mi única fuente de alimento; la alegría de estar sola se desvaneció.

No sabía dónde estaba mi familia postiza, pero imaginé que no llegaría a tiempo para el dinner, así que busqué otra opciones para comer. Sin embargo, la búsqueda fue inútil ya que no tenía dinero  en efectivo para pagar una pizza de entrega a domicilio y tampoco podía comprar nada porque, como han de recordar mi continua queja, todo aquí me queda a veinte minutos en coche.

Entonces... ¿por qué no ir en coche al súper? Bueno, "mi familia no está", "yo no puedo tomar el coche sin permiso", "el coche es para recoger a los niños de la escuela", "mi familia no confía en mi forma de conducir", "si me pasa algo ni enterados van a estar". Argumentos así de sensatos merodearon mi cabeza y decidí que no podía tomar el coche. Así que no conduje y me preparé por enésima vez, una quesadilla piltrafienta para comer. Mientras me la comía y me abrumaba el tedio dominical, pensaba en lo rico que sería tomar un heladito de Baskin Robbins, salir un rato a la plaza a prestar mi valiosísima atención a las múltiples vitrinas de las múltiples tiendas ahí instaladas, así  como comprar cosas que me hacen falta para mi digna subsistencia. Pero deseché la idea: ¡imposible tomar el coche sin consentimiento!

Más tarde, llegó mi hostfamily. Lo primero que mi hostdado preguntó fue: "¿Y saliste a manejar?". Yo, muy orgullosa de mí le contesté que no, porque no sabía si podía tomar el coche cuando no estuviesen ellos. "¡Ah, vaya, qué au pair tan sensata! ¡Que se sabe una empleada y no un miembro de la familia con innegable derecho a todo!" seguido de dos palmaditas en la cabeza, fue la reacción que yo esperé. Pero no ocurrió.

 En su lugar, mi hostdado me mostró un recado de papel bond tamaño 95x95, escrito con plumón indeleble color rojo carmesí #58, de letras gigantes que decía: "VAINILLA, POR FAVOR, TOMA EL COCHE Y SAL A PRACTICAR. Estamos en Washington y blablablablá" pegado muy visiblemente en la puerta de la entrada, que además es de cristal y permite perfecto la visión.

Le dije la verdad: que no había visto el letrero. Pero su expresión facial, sus cejas arqueadas y su irónico "jmmm", me hicieron saber que no me creyó. Después vino un sermón sobre cómo me atrevo a desperdiciar mis días libres, gastándolos en la inercia del reposo boca arriba, cuando tengo tanto qué mejorar en lo que al american driving refiere. Me disculpé más de una vez, pero el regaño no cesó. Mi  hostpatrón siguió diciendo que no puedo pasar mis días libres sin hacer nada, que es mi obligación manejar con seguridad para su familia, así como acatar las órdenes que me dan y un largo etcétera de argumentos que no tenían razón de ser, porque yo no había desobedecido una orden porque quisiera, sino porque mi miopía, mis períodos de autismo, y mi falta de atención a las puertas de cristal, no me permitieron ver el recado.

Subí a mi cuarto e hice mi merecido berrinche.

Pasé todo un domingo miserable. Aburridísima. Muriendo de hambre. Y todo por hacer lo que yo creí correcto para la familia. De haber visto el jodido papel, habría matado dos pájaros de un resorterazo: habría mejorado mi domingo al conectarme con al civilización, al mismo tiempo que habría cumplido con las expectativas laborales de mi hostfamilia.

Lo más jodido de todo, es que el berrinche no sólo lo hice yo; sino que a los pocos minutos subió mi hostdado a decirme que 'siempre no' me daban el Columbus Day para descansar: que me necesitarían y que mañana nos veíamos para cuidar a los niños. Entonces, mis planes de degustar una riquísima hamburguesa 'Five Guys' y derrochar mi lunes con mi amiga, disfrutando un poco de mi escasa dosis de civilización a la que tengo acceso de vez en cuando, se derrumbaron inmediatamente. Y todo por no haber visto un jodido letrero.

A veces pienso que los hostparents también necesitan un time out. ¡Yo con mucho gusto le aplicaba uno al mío!

martes, 6 de septiembre de 2011

Training

El training es la semana sweet del año de toda au pair: es como regresar a la universidad pero en otro país. (Si estudiaste la universidad en otro país, entonces sólo es como regresar a la universidad).

Sobrevivir durante su curso es muy sencillo: se trata de ser puntual en clases, perder la pena a cambiarte de ropa frente a otras personas, desarrollar paciencia para hacer fila, y sobretodo, siempre llevar la llave del cuarto a donde quiera que uno se mueva.

El training está hecho con el fin de informar a las nuevas au pairs sobre medidas de seguridad, cuestiones de salud infantil, legalidades e ilegalidades de los Estados Unidos, así como para, supongo, ayudar a la práctica del inglés antes de llegar con la que será la familia anfitriona. Para eso, los maestros piden que durante las clases todo se hable en inglés, aunque es difícil no buscar el común de nuestro idioma. Las francesas y las suizas hablarán francés entre ellas, las alemanas y las austriacas hablarán alemán, y las latinas hablaremos español entre nosotras; así que es imposible no usar nuestra lengua natal. Sin embargo, no es mala idea empezar a perderle el miedo a hablar inglés, además de que eso permite poder acercarse a au pairs de otros países y conocer un poquito más sobre el suyo. (Eso sí: las suecas son sangronas y creen que nadie las merece, así que no se sientan mal si en un inicio rechazan el contacto).

Yo aprendí algunas cosas de interés cultural, como que en Estados Unidos puedes pasar un año en la cárcel por comer una uva en un súpermercado, por ejemplo. Que es ilegal dejar a un niño dentro del coche aun por instantes, aunque en mi país, no es inusual que las señoras se bajen del coche a comprar un kilo de tortillas mientras dejan al niño esperando dormido en el asiento. Que no se le debe dar miel a un bebé y que en este país a los niños no se les da comida que no les guste. 
Tuve también, un buen rato de entretenimiento conociendo canciones infantiles de otros países y descubriendo que Pimpón tiene una versión en japonés, así que es probable que la tenga en todos los idiomas existentes.

De igual forma, dediqué mis tardes a conocer el campus que es enorme, a conectarme a internet en los  calurosos pasillos, a comer como si el mundo fuese a terminar, y a hacerme de amigas con las que espero mantenerme en contacto todo el año. También hice el viaje a New York City por cincuenta dolaritos. Hay chicas que tienen suerte de que sus familias les paguen el viaje, pero no fue mi caso y tuve que hacer valer mi primer tostón americano. Allá me tomé todas las fotos que pude en Times Square, conocí el Rockefeller Center, vi el Empire State, compré  en diez dólares la playera que todo turista debe tener en su clóset: ésa que muestra nuestro afecto a NYC, y comí un baguet carísimo de pollo apestoso y picante. 

La semana -o cuatro días- del training pasan rapidísimo, y dan paso a la gran experiencia de vivir con una familia, hablando un idioma que no es el tuyo y adaptándote a normas nuevas. Después llegas a tu casa y agradeces tener baño, regadera y lavabo en un mismo cuarto; te sientes afortunada de vivir en un segundo piso y no tener que subir un centenar de escalones para llegar a tu habitación, y aprecias el hecho de poder desvestirte cómodamente sin preocuparte por los que puedan ver las partes recónditas de tu cuerpo que durante cierto tiempo sólo has reservado para tu novio -o  en su lugar, un grupo selecto de personas-. Sin embargo, cuando gozas de la comodidad de nueva morada, por momentos extrañas el coctel de personalidades caminando por los pasillos mientras escuchas un balbuceo de lenguas initelegibles para ti, las filas terribles para recibir una porción ridícula de comida y sobretodo, el hecho de saberte comprendida por otras personas de tu edad, que provienen del mismo lugar que tú y que están viviendo la vida de la misma manera que tú.

domingo, 28 de agosto de 2011

Despedidas II

Después de despedirme de mi novio y renunciar a mi trabajo, tuve que despedirme de mi familia.
Para este fin, mi hermano mayor organizó una carne asada exprés. Llegó a mi casa con todo lo necesario y en una hora ya teníamos cervezas, arrachera, chorizo, cebollitas asadas, chiles toreados y otras delicias más para comer. Fue la última vez que comí con mi familia completa. Incluidos los novios de mis hermanas.

En la noche me despedí de mi hermana mayor y me deseó un buen viaje. Después, me despedí de mi papá, y ésta fue la despedida más difícil de todas. Aún de recordarla el nudo vuelve a mi garganta y la ansiedad se apodera inclementemente de mi cuerpo y me pide volver.
Por la madrugada, cuando salí al aeropuerto, mi hermana menor se despidió de mí antes de que yo dejase la casa. Después vinieron treinta minutos en automóvil, acompañada de mi mamá y mi hermano. Platicábamos de todo y nada: no olvidábamos a dónde estábamos yendo.
Ya en el aeropuerto, me acompañaron durante el check in y la primera revisión de equipaje (por cierto, no se pinten las uñas porque les decomisarán la acetona ¡y tendrán un manicure terrible durante el training!). Después de esto, me acompañaron hasta mi gate y se despidieron. Nunca hubo dramas ni llantos ensordecedores. Mi mamá me dio su bendición, me abrazó, me dio sus recomendaciones y su voz se entrecortó. Entonces guardamos silencio y nos dimos un último beso. Mi hermano sonrió, me abrazó y me dijo que fuera feliz.

Entonces me di media vuelta y comencé mi viaje.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Despedidas I

Uno de los pendientes que faltó enlistar en la entrada pasada era el de hacer las pertinentes despedidas.

Pues bueno, desde el sábado, después de más de seis años de ser Chica Telcel, estoy desempleada, vagando y gastando mi liquidación burguesamente como si mis papás fueran millonarios y me extendieran una mesada igualmente millonaria cada mes. Me despedí de mi trabajo, de mis compañeros y colegas, de mi escritorio, mi compu, mis vitrinas que nunca terminaron de estar limpias, mi inventario, mi bodega y del estrés de estar detrás de un mostrador atendiendo personas con distintísimas demandas y formas de pedir solución para tales.
No fue tan difícil ya que, a decir verdad, estaba muy cansada de repetir números todo el día ("Le confirmo su recarga: Veinte pesos al 462123..."), de repetir como enferma características y propiedades de equipos telefónicos, de responsabilizarme por un inventario cuando muchas personas tenemos acceso a él, y de intentar que clientes furiosos entrasen en razón sobre los procedimientos de garantía de un equipo, un accesorio o un servicio.

Sin embargo, no puedo decir que no extrañe para nada mi empleo o el hecho de tener una ocupación todo el día. Fue conmovedor despedirme de mis compañeros, de mis jefes y hasta del señor indito que me vende papas cada semana a diez pesitos, porque sé que no volveré a encontrármelos en la misma circunstancia ya.

Además de que renunciar fue el inicio de la cadena de despedidas a la que toda au pair, trotamundos o prófugo de la justicia tiene que enfrentarse.

La segunda de éstas fue aun más difícil. Se trató de mi novio. De él tuve que despedirme con una semana de antelación a mi partida, ya que él regresó a clases a su universidad -far away from here- este lunes, así que tuvimos que despedirnos ese mismo día. A pesar de que no hubo drama, llantos desgarradores ni gritos inundados de tipo: "¡jura que vas a esperarme!", o "¡volveré por ti, lo juro ante Dios que mira!", bastó el hecho de no tener palabras como para entender la magnitud del asunto para ambos. A veces creo que aún no termino de entender que no volveré a verlo sino hasta después de muchas lunas.

Así que aunque ha sido difícil, no ha sido particularme desgarrador (me recuerdo llorando peor con la muerte de Mufasa, la memorización a reglazos de la tabla del siete o con la Barbie Patinadora que Santa Claus nunca hizo favor de traerme), ni he sentido todavía un ápice de arrepentimiento o sospecha de perderme de algo suficientemente significativo como para desear no irme. Quizá porque confío en que todo estará igual a mi regreso.

Por ahora el proceso va bien. Hoy hablé a CC y me dijeron que mi licencia viene en camino. Esperar por mi licencia y hacer maletas es lo último que falta (eso, además superar el miedo a hacer transit en el gigantesco aeropuerto Forth Worth, y cansarme de maldecir a EF por no enviarme en el mismo vuelo que a mis otras dos paisanas) y todavía no he soltado una lagrimita ni he saboreado de lleno el sabor agridulce de una despedida, a pesar de haber efectuado ya un par de ellas.

Quizá cuando termine de delizar el cierre de mi maleta entonces entienda que las despedidas apenas comenzaron y que la parte más difícil aún ni empieza.