lunes, 19 de noviembre de 2012

Huida.

Post chillón , personal y hueco.
Siéntase libre de abandonar la sala.

A veces miro mis fotografías y sólo veo a una mujer pasándola bien en una fiesta con personas que conoce y reconoce, pero con las que no ha establecido un verdadero lazo, y siento que he desperdiciado mi vida en relaciones frívolas y pasajeras. Generalmente esto me ocurre cada diciembre 31 o en vísperas de mi cumpleaños, pero ahora me pasa quizá porque me puse un pantalón morado o porque anduve chismeando en el blog de una excompañera de teatro.

Como antecedente, he de decir que en mi vida me he equivocado mucho. Muchísimo. Que siempre tendré celos de quienes sí se atrevieron a remar contracorriente para lograr lo que querían, mientras que yo, cobarde como soy, transité por el camino seguro. Pocas cosas me han apasionado en la vida y no tuve el coraje suficiente para luchar por ellas. He sido talentosa para las mismas pocas cosas y, guess what, las abandoné por indisciplina y miedo, y me inscribí en la universidad para estudiar una carrera que, según yo, me aseguraría bienestar económico. Ingenuidad completa. Dicen que la estupidez de la adolescencia sólo se cura con la edad y es cierto.

A veces aún me pregunto cómo habría sido mi vida de haber tomado mis maletas para irme a estudiar la universidad en una ciudad vecina. Si, a diferencia de mis relaciones universitarias reales, el hecho de compartir casa con alguien más me habría ayudado a solidificar nexos emocionales genuinos con otro ser humano o si mi incapacidad para fraternizar es genética y nunca habríamos sido más que roommates temporales que se agregarán al féisbuc diez años después de egresar para decirse "hey ¿qué onda?" y nunca más cruzar palabra otra vez.
Cuando estudiaba la carrera me sentía perdida: no me entusiasmaba ejercer, al contrario, me aterraba que otra persona le confiase su salud mental a mis perturbaciones, manías y prejuicios. Pocos maestros me tenían agrado y mis calificaciones eran apenas promedio. Tenía amigos, pero sabía que en cuanto pusiéramos un pie fuera de la universidad los perdería para siempre y así fue: ellos siguen siendo amigos, apadrinan sus bodas, se dan regalos navideños y visitan veraniegamente al más afortunado de todos que consiguió trabajo en una playa, pero yo ya nunca más fui necesaria. Sabía que ése no era mi lugar y aún no me perdono no haber sido lo suficientemente honesta conmigo para buscar el mío. Para ese entonces, mis papás se estaban separando y mi mamá estaba mudando de empleo a uno infinitamente menos remunerado. Este par de eventos se convirtieron en mi coartada para estancarme y terminar una carrera a la que siempre le temí y para la cual no tengo ninguna aptitud, lo que derivó en mi aislamiento social, pues no pertenezco más a aquéllos que ahora forman parte del círculo de psicólogos con consultorio y secretaria con tacones provenientes de un catálogo de Andrea. Y eso me lastima como una piedra en el zapato: no lo suficiente para no dejarme vivir, pero siempre está ahí como un dolorcito. Una pequeña punzada que duele intermitentemente cuando mi novio cuenta anécdotas de su vida de estudiante en Valenciana, o cuando veo una foto de los colegas psicólogos en las reuniones a las que yo dejé de asistir porque no tenía ninguna anécdota profesional sobre pacientes suicidas recuperados, para farolear al respecto. Un dolorcito que se siente como reproche, como vergüenza, como amargura. Prurito que parece decir: "eres una tonta."

De modo que, tenía la idea de que venirme de au pair me serviría para sentir que me atreví a hacer algo en mi vida. Algo parecido a estudiar lejos de casa, que a la vez, me sería de utilidad para justificar el hecho de hallarme en la soledad absoluta (¿quién podría juzgarme por no tener amigos si no los frecuenté en los últimos dos años?). No lo pensé, pero pronto descubrí, que ser au pair, para mí, estaba convirtiéndose en ese período de supervivencia universitaria que nunca experimenté y que siempre deseé. Me di cuenta, además, de que quería demostrarme que esta vez sí podría establecer una relación sólida, que moría de ganas por compartir una circunstancia en común con alguien más que nos ligara de manera irrebatible (¿y qué mejor que el hecho de estar lejos de casa debatiéndonos entre la añoranza por los tacos y el amor por el shopping gringo?), que quería exponerme ante las dificultades que supone sobrevivir en el extranjero cuando no se está de vacaciones, pero sobre todo, descubrí que el exilio me serviría para perdonarme a mí misma.

Y en ésas estamos.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Ocho mil cosas que amo de EUA (parte 1 de muchas).


1.- El poder adquisitivo: si bien la economía de este país se ha visto afectada principalmente desde el financial breakdown de 2008 y los gringos se quejan de que 'ya nada es como antes', sigue siendo una de las más fuertes del mundo, y eso se refleja en lo que sus habitantes podemos adquirir. Hasta los que ganamos 4.35 la hora. Aquí me he comprado muchas cosas que en México me habría llevado meses de ahorro y planeación. Por ejemplo, una cámara, boletos de avión, ropa de marca y próximamente una laptop (porque mi notebook ya está por perecer). Además de que, como ya he dicho muchas veces, aquí uno no se limita en lo absoluto. Cualquier cosa que se te antoje, está al alcance y uno deja de preocuparse por mirar el precio de los platillos cuando come en un restaurante; además de que ir al cine significa pagar refrescos de 5.75 sin remilgar demasiado. Lo único malo de todo esto es que ahora no sé cómo voy a transportar de vuelta a México tantos pares de zapatos.  

2.- Comercialización de los artículos más bizarros (¡y útiles!) del mundo: como consecuencia del poder adquisitivo, aquí se fabrican -o importan- miles de artículos que vuelven al ciudadano promedio en un flojonazo de primera, pero simultáneamente uno muy feliz. Aquí yo me he encontrado con cosas que me habrían facilitado la existencia de haberlas tenido en mi casa. Por ejemplo, una malla metálica con asa para cubrir las cazuelas y evitar que brinque el aceite al cocinar, cupcakes instantmaker (como una sandwichera, pero que hace cupcakes ¡o donas de muchos tamaños!) o miles de aplicaciones para manualidades con todas las formas y diseños que uno pueda desear (sé que mi mamá amaría Michael's). No digo que sean cosas que no se vendan en nuestros países, pero sí sé que no se comercializan con la misma cotidianidad -y accesible precio- que aquí, además de que, en caso de poderlos conseguir, es a través de telemarketing y en una gama muy limitada.

3.- Embudo cultural: al ser un país próspero con un nivel de vida óptimo, Estados Unidos ha sido el blanco migratorio para muchísimas culturas desde, al menos, el siglo pasado cuando la nación se recuperó de los efectos ocasionados por Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Lo que resulta en un país multicultural en cuyos vagones del metro es común escuchar cinco idiomas diferentes, o bien, que uno se encuentre con judíos, afroamericanos, latinos y gente que usa turbantes raros, en la misma sala de cine. Y a mí, eso me parece fascinante, pues además significa que uno puede acceder a la gastronomía de casi cualquier cultura, y encontrar templos ortodoxos rusos en las ciudades, los cuales yo nunca había visto antes y sólo los imaginaba gracias al Tetris. 
Cuando estaba yo en la secundaria, el contacto más cercano que tenía a otra cultura, era una compañera cuyos abuelos eran chinos y le habían heredado el apellido y unos lindos ojos rasgados. Todos queríamos ser sus amigos por curiosidad y para robarnos un poco de su popularidad. Aquí los orientales son un artilugio común, y sucede que, uno mismo termina por olvidar que es extranjero.

4.- Respeto a la ecología: si bien, el respeto completo a la ecología se está volviendo una utopía en las civilizaciones actuales debido a las demandas de crecimiento social, en este país, al menos, se hace lo posible por reducir el shock ecológico (shame on you, México!) La gente siempre lleva sus bolsas de re-uso al súpermercado, y las áreas protegidas son realmente protegidas. A los niños -al menos en el suburbio- se les enseña a vivir en conjunto con la fauna forestal, la clasificación de basura es una tarea inherente, la gente replanta sus árboles de Navidad al llegar enero y en los parques hay dispensadores de bolsas desechables para que la gente recoja con ellas los desechos de sus perros.

5.- Confianza en el consumidor: educación y poder adquisitivo (que evita que las personas se vuelvan deshonestas para obtener lo que no pueden comprar), hacen de un consumidor un ente de confianza. 
Es triste, pero debido a la actitud mexicana de siempre querer chingarnos a los demás, en México jamás veremos una máquina de autocheck: ¡háyase visto! Un cliente cobrando su propia mercancía: jamás. Aquí la gente llega a la pantallita con su carro lleno de víveres y los pasa uno a uno frente al escáner y al final paga el monto total. Incluso, la máquina pregunta cuántas bolsas de plástico se usaron, para así, cobrar a cinco centavos la unidad. Me imagino el inventario de bolsas plásticas en México, si implementaran una tecnología así.
¿Otra prueba de la confianza que le tienen al consumidor? En los cines y en cualquier súper mercado o comercio, está permitido entrar con bolsas grandes y hasta con comida. Porque la gente es honrada y cuidadosa. En México a uno no le permiten entrar a una tienda de ropa, con una bolsa de palomitas en la mano porque eso significaría un montón de ropa manchada de mantequilla. Aquí, la gente es un poquito más sensata. Y eso se traduce en que todos viven más relajadamente. 

Y la lista continúa...

jueves, 25 de octubre de 2012

¿Quiénes somos las au pairs?

Me da un poco de risa y algo de indignación cuando alguien se sorprende de que nosotras las au pairs también tengamos que pagar por el programa (¡y vaya que no pagamos cualquier suma!). Más de una vez me he topado con hostparents, abuelos o agregados que exclaman sorprendidos cuando se enteran de que nosotras no llegamos aquí 'de gratis', viajando for free gracias a la generosidad de nuestras hostfamilias, como si el único esfuerzo de nuestra parte fuese llenar un formulario para Cultural Care y darle submit.

Esta creencia, tristemente, no está aislada. Forma parte de la gran fantasía que ser au pair es para algunas personas: las de aquí, e incluso, las de allá. Para mucha gente, las au pairs somos chicas sin ocupación venidas de tierra extranjera que buscamos mejorar nuestra situación de vida recibiendo beneficios de una familia anfitriona sin esforzarnos demasiado. Nuestros amigos en casa piensan que estamos vacacionando y que cuando decimos "trabajo" al referirnos a nuestros hostniños lo hacemos con fines meramente ornamentales; mientras que los nativos de la tierra del tío Sam, piensan que venimos aquí casi en calidad de refugiadas y que estaremos felices todo el tiempo, por el simple hecho de pisar suelo norteamericano.

Es cierto que aquí se vive con mayor seguridad, el dinero nos preocupa menos y todas las casas tienen aire acondicionado (God bless América), pero no es verdad que se trate sólo de un paraíso para nosotras, pues la vida au pair está lejos -muy lejos- de ser el año sabático que nuestros amigos y anexos consideran que estamos teniendo, pues en realidad desempeñamos un trabajo y lidiamos con situaciones que se dificultan cuando no dominamos el idioma o no pertenecemos a este país (el MVA y su montón de empleados burócratas saben de qué hablo).
Además, no es que vengamos de una tribu africana situada en una montaña sin posibilidades de conocer un reproductor MP3. De mis hosthijos entiendo su curiosidad cuando me preguntan cómo sobrevivimos en el desierto, pues comprendo que son pequeños y quizá la única imagen que tienen de México es la del desierto de Samalayuca; pero cuando el estereotipo proviene de un adulto que intenta darme la bienvenida al primer mundo como si vivir en un país 'en vías de desarrollo' significase cazar con flechas, la sensación es distinta: me provoca un '¿en serio se puede llegar a viejo siendo tan ingenuo?'.

Encima, como decía, ser au pair no significa que hayas salido de la preparatoria y no sepas qué hacer con tu vida, y te parezca fascinante parasitear de una familia gringa. La mayoría somos profesionistas, andamos alrededor de nuestros veinticincos, hemos tenido trabajos serios y bien remunerados, hemos viajado, nos hemos valido por nuestros propios medios, tenemos más aspiraciones que sólo salir del país a hacer babysitting con niños rubios, y sobre todo, dejamos una vida que queremos recuperar después.

Y no se malentienda: no es que despotrique contra mi trabajo o contra el país que, hasta hoy, me ha acogido amablemente y por el que guardo sincera gratitud. Es el hecho de que existan tantos prejuicios en torno a nuestros países -especialmente los latinoamericanos- y al trabajo que nosotras las au pairs desempeñamos lo que me irrita.

Por ello, he de decirlo una vez más: las au pairs estamos en la búsqueda de una experiencia nueva -whatever it means for every one- y queremos probar tanto como sea posible, pero, para tranquilidad de las familias, eso no significa que no sepamos cómo usar una aspiradora. Además, no somos prófugas de la justicia y al igual que ellos, nosotras también somos clientes de Cultural Care.

lunes, 15 de octubre de 2012

'Room' y no 'space'.

Yo vine a Estados Unidos para volverme bilingüe. Hoy, a trece meses de haber pronunciado mi primer diálogo en tierra extranjera ("water, please" en el avión), me encuentro con que estoy muy lejos de volverme angloparlante, que nunca podré declararme una entidad soberana e independiente del diccionario, que mi oído aún no distingue palabras que sí reconozco escritas y que del slang gringo poco se ha adherido a mi vocabulario.

Para empezar, cuando llegué me topé con que la cultura gringa que es exportada al mundo en forma de harina para hotcakes es falsa, falsísima, pues uno llega creyendo que puede llamarle así a los panecitos circulares domingueros, tal como la tía Jemima nos hizo creer, pero no es así: el nombre real es 'pancakes', y cuando los llamas 'hotcakes' te miran como si les estuvieses pidiendo cerebro de mandril para desayunar.
De igual modo, me encontré con que deshacerme de los falsos cognados me sería más difícil de lo que había pensado. Con mis trescientitantos días de estancia aquí, aún digo "be quiet!" cuando en realidad quiero decir: "¡quieto!". Mi cerebro registra las palabras por su escritura y no por su sonido, y entonces le es difícil entender que al decir 'quiet' obtendré un niño silencioso pero no inmóvil.
Por su parte, palabras como "fun" y "funny" siempre me hacen dudar y termino usando la que es incorrecta. Durante mucho tiempo las creí sustantivo y adjetivo, pero mi hostkido me hizo saber que ambas son adjetivos y que una significa 'divertido' y la otra 'chistoso'. Y bueno, heme ahí diciendo: "¡Qué chistoso es volar en paracaídas!"
Otros errores que aún no logro erradicar de la práctica, son aquellos relacionados con palabras o expresiones que en español tienen dos significados pero en inglés sólo uno (homónimos, se llaman). Por ejemplo "espacio", que a diferencia del español, en inglés sólo tiene un significado y es el relacionado al universo y a su montón de estrellas; por lo que si quieres preguntar si aún hay espacio para ti en el sillón, entonces debes decir: "Is there room for me?". Room. No space. Y bueno, sigo fallando y sigo preguntando si hay suficiente 'universo' para reposar mi crecido trasero en el sillón cada que quiero sentarme a ver una película con los niños.

Y no sólo eso: conforme avanzó el tiempo, me di cuenta, además, de que mi incapacidad para dominar el idioma abarcaba también la fonética, y todavía hoy no puedo distinguir "can't" de "can", salvo que vaya acompañado de un balanceo de cabeza que evidencie el significado de la frase. O bien, aún me son comunes esos errores de entendimiento como el que cometí la primera vez que fui al súper, cuando el cajero me pidió que moviera mi carrito porque estorbaba, pero yo le ofrecía mi tarjeta de débito porque entendía que me la estaba pidiendo, y es que en casos como éste, una letra hace la diferencia y puede hacerte entender que el cajero quiere tu tarjeta y no que muevas tu condenado carro -card y car respectivamente-.

Podría seguir y seguir, porque los ejemplos son infinitos (¿ya les conté lo embarazoso que es no saber pedir comida 'para llevar' porque no tiene uno la expresión a la mano?) pero tengo que aterrizar el desvarío: mi inglés ha mejorado, sin embargo aún no soy una persona funcional con el idioma. Sobrevivo y me hago entender, pero de ninguna manera, podría proclamarme bilingüe. Aún me pierdo en las pláticas muy largas, no entiendo el sentido figurado y el acento de cualquier otra persona ajena a mi hostfamilia me hace sentir que estoy escuchando cualquier otro idioma menos inglés.

Ya no sé a qué atribuírselo. Si a mis dificultades auditivas, al hecho de que -como dijo mi lingüista preferido, cuyo argumento sonará mamoncísimo- mientras más completo sea tu dominio de la lengua materna, más difícil será perfeccionar una segunda, o quizá, a que mi reprimida xenofobia me ha hecho rodearme únicamente de amigas hispanas, o en última instancia, al hecho de que una vez me dieron un balonazo en la cabeza durante un partido de futbol en la primaria y con la pérdida neuronal que me provocó, quedé impedida para aprender un segundo idioma.

Por lo que a falta de adhesión para retener nuevas expresiones y palabras, me he vuelto fan de las onomatopeyas: son muy útiles cuando uno necesita un abrelatas y en lugar de pedirlo por su nombre -que por supuesto hemos olvidado- uno puede decir: where can I find the squik-squik-squik? mientras gira los dedos de la mano como si estuviésemos abriendo una perilla.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Días en los que no quieres volver.

Hoy que manejaba de vuelta a casa, vi que los árboles comienzan ya a tornarse rojos. Comienza a hacer frío por las mañanas y los árboles resienten el cambio de temperatura. Recordé que el año pasado, el otoño me sorprendió con su montón de colores. Jamás había visto tantos tonos de rosa, rojo, anaranjado y dorado como los que matizaron los árboles durante octubre y noviembre. Me entristeció recordarme que será el último otoño multicromático que viva, pues en México las estaciones no resultan ser tan coloridas como aquí.

El tiempo, -lamento la poca originalidad de la frase- se ha ido volando. Hace tres meses que volví de México y ya sólo me faltan ocho para regresar de manera definitiva, por lo que he entrado en una etapa de terror absoluto. Hace unos días se aprobó en mi país una reforma a la Ley Federal del Trabajo, debido a la cual, mi terror -y el de mis compatriotas- no es infundado. Ahora despedir a un empleado será más fácil, menos costoso para las empresas, y los trabajos de planta se habrán casi extinguido, además de que las prestaciones laborales por ley se volverán sólo un buen recuerdo, y deberé enfrentarme a ello cuando esta vida que tomé prestada se termine, lo que me tiene francamente aterrada.

El terror se acrecenta cuando mis excompañeras au pairs que ya están de vuelta en México me cuentan lo mucho que extrañan la vida al american style. Y es que, aunque sigo extrañando muchas cosas de mi país, soy consciente de que aquí se vive bien y sabroso. Una vez de vuelta, no volveré a viajar con la misma libertad con la que lo hago aquí: seleccionar un destino y hacer los arreglos necesarios para llegar hasta ahí. No andaré por la calle con mi iPhone en la mano mandando un mensaje despreocupadamente, porque en mi país se expone uno a que le arrebaten el celular y la mano. No haré más shopping online: jamás le confiaría a SePoMex un paquete. No compraré miles de cosas deliciosas por impulso sólo porque mi tarjeta de débito parece tener fondos infinitos (89 centavos que cuesta una donut de DD hace sentir millonaria a cualquiera con 500 dólares en su tarjeta). No volveré a vivir de una forma tan individual como lo hago aquí, porque estaré rodeada de gente que me importa, y a la que sin duda tendré que ofrecerle una rebanada de mi pizza, aunque no quiera. Y sobretodo: nadie me pagará nueve mil pesos por calentar sopa Maruchán, que es básicamente a lo que mis labores se han reducido ahora que ya sólo cuido del menor de los Johnson (yeap, I'm a lucky girl).

Uno siempre va a quejarse. Siempre va a extrañar el país olvidado y a los que en él dejamos. Tardamos un tiempo, además, en aceptar que aquí la estamos pasando muy bien. Lo sentimos como traición a la patria, quizá. Pero cuando echamos un vistazo a nuestro ropero, lleno de esa ropa que en nuestro país habría resultado incosteable, cuando nos observamos a nosotras mismas mientras manejamos 'nuestro' coche cantando felices, cuando vemos nuestro álbum lleno de fotos de chicas sonrientes -y una de esas chicas somos nosotras- tomando un café, haciendo un picnic o viajando de mochilazo en lugares inesperados, cuando nos encontramos con gente que sonríe en la calle, cuando probamos una langosta y deseamos tatuar su sabor en nuestras papilas porque sabemos que no la volveremos a comer más y cuando encontramos que el área de helados en el súper es kilométrica, experimentamos amnesia patriótica.

Favorecida, además, porque los otoños en México no son tan bonitos.

lunes, 24 de septiembre de 2012

27.

Nací un septiembre de 1985. A pesar de que desde entonces sólo he tenido dos fiestas de cumpleaños -a los cinco y a los quince- mi mamá siempre tuvo la dedicación necesaria para hacer de cada cumpleaños una verdadera celebración de nuestra llegada al mundo.

Por eso es que estando en tierra yankee, necesitaba encontrar una sustitución digna, para no caer en la añoranza. Pues bien, no puedo quejarme. Si bien es una ingenuidad esperar que tu hostfamilia celebre contigo la suerte de haber nacido, tal como lo harían tu familia, amigos, novio o perro, hay muestras de afecto y aprecio que son suficientes, aunadas a lo que una misma decide hacer para festejarse.

Mi hostifamilia me felicitó desde temprano con sonrisas y abrazos incluidos. Dios me mandó su conmemoración en forma de tormenta apocalíptica, de ésas que cuando las atraviesas manejando te hacen dudar si llegarás vivo a tu casa o si antes habrás terminado en el fondo de un peñasco con las llantas para arriba. Por la tarde, al igual que el año pasado, fuimos al restaurante de comida mexicana-salvadoreña y yo engullí muy plácidamente unos camarones a la plancha y un par de Negras. Ahí, mi familia me entregó mi regalo de cumpleaños: unos audífonos rosas gigantescos y 50 dólares en monedero electrónico para Cheesecake Factory. El año pasado me regalaron el mismo monto, pero para gastar en una tienda de ropa. Supongo que el próximo año me van a regalar dinero electrónico para gastar en el gym, a fin de volverme a poner la ropa que compré cuando cumplí 26 pero que dejé de ponerme cuando cumplí 27. Just kidding. Más tarde, al igual que el año pasado, aparecieron los meseros con un flan ataviado de su velita cumpleañera que me entregaron al ritmo de un sabrosón "Happy birthday to you."
Por mi parte, yo me aseguré la asistencia a un concierto de Búnbury en noviembre próximo y me patrociné un viaje a la cercana Philadelphia que fue tan catastrófico como memorable.

De modo que, ya muy cerquita de los 30, ésta soy yo. ¿Que si soy la misma persona que salió de su casa hace un año sin tener certeza de que encontraría aquí? En lo absoluto.

Pero las diferencias ya las enlistaré luego. Como sabrán, a los 27, uno ya no puede mantener los ojos abiertos después de media noche.

lunes, 17 de septiembre de 2012

México.

Ayer México celebró 202 años de haber iniciado la guerra que, once años después, le liberaría de la corona española, y que por supuesto, representa para los mexicanos una oportunidad más para festejar, emborracharse y agradecer a la suerte haber nacido en tierra azteca.

Pero en realidad, nowadays, no hay mucho qué agradecer: una democracia de chiste, una soberanía cuasi utópica, un país inundado de violencia, portador de los primeros lugares mundiales en corrupción, nepotismo, homicidios juveniles, obesidad infantil, deserción escolar, feminicidios, asesinatos de migrantes y secuestros, una economía debilitada y frágil, una gran brecha entre clases sociales y verdaderas vejaciones de quienes tienen el poder hacia la clase trabajadora. Así pues, no parece una gran fortuna ser mexicano.

De modo que no resulta congruente festejar con algarabía cuando el país atraviesa por una crisis de naturaleza múltiple, porque trabajos hay menos y prestaciones para los servidores públicos hay más, porque nuestro próximo presidente no ha sido electo por el pueblo sino impuesto por una televisora bajo un proceso fraudulento que quedó a la vista de todos sin que pudiésemos hacer algo más que tuitearlo, y porque enfrentamos una absurda guerra que ha dejado más de 60 mil muertos sin beneficio alguno.

Sin embargo, yo, como mexicana viviendo en el extranjero, tengo bien claro qué amo de mi país, más allá de la gente que dejé ahí. Aprecio ahora más que nunca, nuestra comida, los billetes de colores, el servicio de transporte público, la posibilidad de caminar entre un punto y otro, la educación basada en nalgadas, los canales de televisión abierta, y el hecho de que mandar a un niño por las tortillas no ocasiona que vayas a prisión.

Por eso: felicidades México. Te extraño a pesar de todo.

Pero por ahora, agradezco la donut doble glaseada que voy a bajar a cenar mientras veo una serie en Netflix y me refresca el aire acondicionado.