Post chillón , personal y hueco.
Siéntase libre de abandonar la sala.
A veces miro mis fotografías y sólo veo a una mujer pasándola bien en una fiesta con personas que conoce y reconoce, pero con las que no ha establecido un verdadero lazo, y siento que he desperdiciado mi vida en relaciones frívolas y pasajeras. Generalmente esto me ocurre cada diciembre 31 o en vísperas de mi cumpleaños, pero ahora me pasa quizá porque me puse un pantalón morado o porque anduve chismeando en el blog de una excompañera de teatro.
Como antecedente, he de decir que en mi vida me he equivocado mucho. Muchísimo. Que siempre tendré celos de quienes sí se atrevieron a remar contracorriente para lograr lo que querían, mientras que yo, cobarde como soy, transité por el camino seguro. Pocas cosas me han apasionado en la vida y no tuve el coraje suficiente para luchar por ellas. He sido talentosa para las mismas pocas cosas y, guess what, las abandoné por indisciplina y miedo, y me inscribí en la universidad para estudiar una carrera que, según yo, me aseguraría bienestar económico. Ingenuidad completa. Dicen que la estupidez de la adolescencia sólo se cura con la edad y es cierto.
A veces aún me pregunto cómo habría sido mi vida de haber tomado mis maletas para irme a estudiar la universidad en una ciudad vecina. Si, a diferencia de mis relaciones universitarias reales, el hecho de compartir casa con alguien más me habría ayudado a solidificar nexos emocionales genuinos con otro ser humano o si mi incapacidad para fraternizar es genética y nunca habríamos sido más que roommates temporales que se agregarán al féisbuc diez años después de egresar para decirse "hey ¿qué onda?" y nunca más cruzar palabra otra vez.
Cuando estudiaba la carrera me sentía perdida: no me entusiasmaba ejercer, al contrario, me aterraba que otra persona le confiase su salud mental a mis perturbaciones, manías y prejuicios. Pocos maestros me tenían agrado y mis calificaciones eran apenas promedio. Tenía amigos, pero sabía que en cuanto pusiéramos un pie fuera de la universidad los perdería para siempre y así fue: ellos siguen siendo amigos, apadrinan sus bodas, se dan regalos navideños y visitan veraniegamente al más afortunado de todos que consiguió trabajo en una playa, pero yo ya nunca más fui necesaria. Sabía que ése no era mi lugar y aún no me perdono no haber sido lo suficientemente honesta conmigo para buscar el mío. Para ese entonces, mis papás se estaban separando y mi mamá estaba mudando de empleo a uno infinitamente menos remunerado. Este par de eventos se convirtieron en mi coartada para estancarme y terminar una carrera a la que siempre le temí y para la cual no tengo ninguna aptitud, lo que derivó en mi aislamiento social, pues no pertenezco más a aquéllos que ahora forman parte del círculo de psicólogos con consultorio y secretaria con tacones provenientes de un catálogo de Andrea. Y eso me lastima como una piedra en el zapato: no lo suficiente para no dejarme vivir, pero siempre está ahí como un dolorcito. Una pequeña punzada que duele intermitentemente cuando mi novio cuenta anécdotas de su vida de estudiante en Valenciana, o cuando veo una foto de los colegas psicólogos en las reuniones a las que yo dejé de asistir porque no tenía ninguna anécdota profesional sobre pacientes suicidas recuperados, para farolear al respecto. Un dolorcito que se siente como reproche, como vergüenza, como amargura. Prurito que parece decir: "eres una tonta."
De modo que, tenía la idea de que venirme de au pair me serviría para sentir que me atreví a hacer algo en mi vida. Algo parecido a estudiar lejos de casa, que a la vez, me sería de utilidad para justificar el hecho de hallarme en la soledad absoluta (¿quién podría juzgarme por no tener amigos si no los frecuenté en los últimos dos años?). No lo pensé, pero pronto descubrí, que ser au pair, para mí, estaba convirtiéndose en ese período de supervivencia universitaria que nunca experimenté y que siempre deseé. Me di cuenta, además, de que quería demostrarme que esta vez sí podría establecer una relación sólida, que moría de ganas por compartir una circunstancia en común con alguien más que nos ligara de manera irrebatible (¿y qué mejor que el hecho de estar lejos de casa debatiéndonos entre la añoranza por los tacos y el amor por el shopping gringo?), que quería exponerme ante las dificultades que supone sobrevivir en el extranjero cuando no se está de vacaciones, pero sobre todo, descubrí que el exilio me serviría para perdonarme a mí misma.
Y en ésas estamos.