martes, 19 de febrero de 2013

Adiós a la vida au pair


"Recuerdo cada vez que llevaba a los niños al parque,
veía pasar los aviones y decía: 'algún día yo estaré
volando de regreso. Algún día.' ¡Y ya era ese día!"
-Pepina-


A Pepina la conocí un sábado. Yo tenía aquí seis meses y ella apenas una rama (ejem, no. Perdón. Una semana.) Para ese entonces Luciérnaga y yo éramos bests y le dimos la bienvenida comiendo unos tacos horribles en un minimercado latino. Creo que nuestra labor como comité de bienvenida fue pésima porque nos dedicamos a quejarnos y a reenlistar por quincuagésimonovena vez todo lo que extrañábamos de México en lugar de congratularla por su decisión de emigrar. Sin embargo, Pepina perdonó la mala inauguración y se convirtió en mi amiga: una excepcional, vale aclarar. 

El tiempo pasó. Yo decidí extender. Ella no (aunque se lo imploré y recurrí al chantaje) y terminó su año de au pairismo hace una semana para volar de vuelta a México después de una despedida con hamburguesas y crisis de equipaje aeroportuaria.

Su partida involucró más que una despedida pues representó, además, una reconfiguración de mis expectativas sobre volver. Acompañarla durante las últimas de sus semanas de estadía en este país hizo que todas a su alrededor experimentáramos la partida casi como si fuésemos nosotras quienes estábamos despidiendo de la vida au pair.

Por ejemplo: ver a Pepina empacar me hizo temer sobre el peso que tendrán mis maletas cuando vuelva, pues durante este año y medio he adquirido una exorbitante cantidad de ropa y zapatos: la mayoría altísimos y con suelas pesadas, mismas que espero la próxima vez que me asalten, funcionen como arma letal voladora y compensen el desfalco al que me sometí por adquirirlos. También me dio temor pensar en tener que despedirme de esta casa con todas sus comodidades y sus habitantes, a quienes no sé si aprecio más que a las comodidades, pero definitivamente sí estimo. Al mismo tiempo, la noche en que despedimos a Pepina, me di cuenta de aunque estoy ansiosa por volver, aún no estoy lista para hacerlo      -quizá nunca lo esté- y enfrentarme al estrés de conseguir un nuevo empleo, manejar en carreteras agujeradas y renunciar a los planes viajeros de cada fin de semana. 

Y es que la vida de au pair es muy confortable. Desde luego, como he repetido incesantemente desde que llegué, resulta abrumador vivir con una familia extraña y depender de ella, hacerse cargo de niños malcriados y perder uno o dos años haciendo algo laboralmente improductivo. Pero simultáneamente, cuando uno se adapta, el confort comienza.

Uno se acostumbra pronto a que el servicio celular siempre esté cubierto y uno no tenga que cruzar los dedos al enviar un mensaje esperando que el saldo restante sea suficiente, a tener amigas que comparten la misma realidad que uno y que siempre estarán cerca porque el exilio afianza los lazos, a que cada fin de semana haya un plan emocionante para llevar a cabo, a los domingos de Starbucks, a tener un automóvil que nos haga olvidar las incomodidades del transporte público, a los servicios primermundistas, al poder adquisitivo gringo, y a tener un trabajo estable que nunca cambia pues se trata de repetir la misma rutina cada día: nunca aparecerán compañeros de trabajo antipáticos ni clientes detestables.
Uno se habitúa a la vida au pair mientras mira los aviones en el cielo esperando por el momento en que tomemos el propio y volvamos a casa; y cuando ese momento llega, nada podría ser más agridulce: volvemos a lado de los nuestros, nos olvidamos de adivinar humores ajenos, recuperamos nuestra libertad, nos reencontramos con nuestros sabores y nuestros semáforos con sus lindas luces verdes tintineantes, pero también sabemos que no volveremos a comprar una blusa Aeropostale en un buen rato, que nuestras amigas tienen novios u otras amigas y no siempre estarán disponibles los fines de semana, que ya no somos las hermanas mayores adoptivas y tenemos que luchar por el último trago de CocaCola contra nuestros hermanos -los de a deveras-, que en nuestra casa no hay agua caliente las 24 horas, que nadie nos pagará nueve mil pesos (o el equivalente a la divisa de nuestro país) por supervisar a un par de niños pequeños -labor que nos permite actualizar féisbuc, divagar, o reposar horizontalmente en horas laborales- y sobre todo: que la vida ha vuelto a ser justo como era cuando decidimos que queríamos un cambio.

jueves, 7 de febrero de 2013

La mejor edad para ser au pair

Cuando llegué al training me sorprendí de la gran cantidad de niñitas que había: chicas de no más de veinte años que dentro de poco estarían al cuidado de otros niños (¡y es que a los dieciocho eres una niña!), y me imaginé lo difícil que les resultaría la labor debido a su corta experiencia.

Sí, ya sé que no hay que generalizar porque hay chicas de veintiséis años que en su vida jamás han usado una escoba y niñitas de dieciocho que son huérfanas de madre y se hicieron cargo de sus diecisiete hermanos menores responsablemente, sin embargo, en promedio, a los dieciocho años uno está terminando la preparatoria, vive en la casa paterna sin responsabilidades de sustento, obedece a sus papás, y a esa edad, tener empleo representa dinero extra y no una proyección de éxito profesional ni mucho menos la respuesta a una necesidad económica.
Por eso creía yo que cuando uno es au pair a los dieciocho, la experiencia es mucho más difícil. Porque a esa edad uno no ha tenido la responsabilidad de decidir sobre la vida de otra persona, no tiene gran experiencia sorteando el estrés laboral y en general, uno es más inexperto en casi cualquier área relacionada con la vida de au pair. Y creí que yo, al tener 25 años, habiendo vivido sin mis papás, trabajado desde hacía siete años y superado más dificultades en los últimos cinco años que en toda mi vida, tendría un año de au pairismo mucho más dichoso que la mayoría de las dieciochoañeras.

Pues no.

Si bien me ha sido muy útil tener una carrera, ser legalmente apta para beber en este país, y haber sobrevivido cuatro años sin mi mamá; ser un adulto y no una universitaria me ha traído algunas frustraciones que se habrían evitado si hubiese hecho esto cuando tenía 18 y no 27. Sucede que me es imposible ver a mis hostpadres como una figura parental: los respeto porque son mis jefes, pero no porque me inspiren esa reverencia que se tiene a los padres. Eso vuelve nuestra relación un poco difícil porque no encontramos el balance entre mi rol de hija mayor y el del adulto que en realidad soy.
Para mí, en este punto de mi vida, representa un verdadero cansancio depender de una pareja que ni siquiera son mis papás.

De niña, púber y hasta universitaria, dependí siempre del humor de mi papá para hacer lo que fuese. Si quería ir a una fiesta, quería dinero para comprar lo que fuese o si tenía que confesar una suspensión escolar, tenía que encontrar el momento justo para hacerlo: cuando mi papá anduviese silbando alegremente por la casa, ya que si tenía la desdicha de que ese día el América hubiese ganado un clásico, por ejemplo, bien podía irme despidiendo de mis planes o asumiendo un castigo escabroso posterior a mi confesión. Además, desobedecer a mi papá nunca fue una opción: cuando decía 'no', no había apelación alguna. Más de alguna vez me apunté en algún plan para después avisarle a mis amigos que mi papá no me había dado permiso por razones razonables o de lo más disparatadas, y vergonzosamente, cancelar todo arreglo previo.

Afortunadamente, las cosas cambiaron después: me mudé para sostener una renta yo sola y volví algún tiempo después a la casa paterna para disfrutar, ahora sí, de mi independencia moral y económica. De modo que cuando quería pasar un fin de semana con mi novio sólo lo hacía saber: me despedía de mi mamá con mi maletita findesemanera en mano y volvía a casa el domingo por la noche. Disponía de mis tardes, mis noches y mis fines de semana enteramente: podía hacer planes a futuro o simplemente sumarme a una invitación espontánea de tipo: "no tengo nada qué hacer ¿le caemos por unas chelas?" sin ningún trámite engorroso. Si quería, podía volver a casa a las seis de la mañana después de una fiesta aunque debiese ir a trabajar a las ocho, pues confiaba plenamente en la respuesta de mi cuerpo al Red Bull y las cafiaspirinas. Si me llegaba un requerimiento de Hacienda por no pagar mis impuestos, lo platicaba con mi mamá mientras cenábamos panquecitos frente a la tele. Si quería hacerme un tatuaje, me lo hacía y ya. Le tomaba fotos y luego las subía a féisbuc. Me convertí en un adulto y me volví dueña de mi vida completamente.

Y entonces firmé un contrato con una agencia y volé a Estados Unidos para convertirme nuevamente en un ser dependiente de dos adultos, lo que durante mi fase de optimismo quierovivirestaexperienciacontodoloqueincluya me pareció razonable y, lógicamente, soportable. Pero ¡oh, Yisus, no sabía en la que me estaba metiendo!

Hoy, a diecisiete meses de iniciar esta vida, puedo decir que estoy francamente harta. No harta de los niños (sí, un poco), ni de la gente o los lugares que he conocido aquí, ni siquiera de estar lejos de casa: estoy harta de vivir como una adolescente. Estoy cansada de merodear en la cocina esperando el momento justo            -además de la palabra precisa y la sonrisa perfecta, Silvio dixit- para preguntar si puedo usar el coche. Me tiene fastidiada el no poder decidir qué hacer con mis fines de semana libremente porque no sé si tendré disponible el auto, como cuando siendo adolescente, no sabía si tendría permiso de mis papás. Me tiene cansada estar encerrada de lunes a viernes en esta casa porque tengo un curfew a las once de la noche, y el día que lo violé por ir a un concierto, los hostpadres me sentaron en la sala y me dieron una larga charla sobre el respeto y la buena conducta, y aterradoramente, mencionaron la posibilidad de prohibirme usar el coche como castigo. Estoy cansada de preocuparme por evitarme regaños -y es que estoy en espera de que me llegue una nueva multa por speeding y me la vivo al acecho de Mr. Postman para que me la entregue en mis manos sin que los hostpadres se enteren- y en general, me siento muy deseosa de recuperar mi vida de adulto.

Por eso es que en las más recientes semanas he cambiado un poco mi percepción sobre la mejor edad para ser au pair. Pienso que mi inexperiencia laboral a los 18 años no habría sido tan difícil de sobrellevar, finalmente. Al menos no tanto como tener una segunda adolescencia en casa ajena.

viernes, 11 de enero de 2013

Florida, el año nuevo y yo.

Uno de los principales lugares que yo quería visitar de Estados Unidos era Florida, y para el final del recientemente extinto año pasado, tuve la oportunidad de viajar hacia el sureste gringo y cumplir uno más de mis pendientes to-do-before-dying.

Aunque sabía que Florida tiene muchos atractivos turísticos, básicamente a mí el que me interesaba era Disney World porque desde niña soñaba con tomarme fotos con Mickey y volar sobre el lomo agujerado de Dumbo, así que tan pronto como pude hice una parada en ese mundo de fantasía creado por el neo-nazi y racista Walt Disney. ¿Cómo resultó? Después de enterarme que Santa Claus no existe y de descubrir empíricamente que si sueltas accidentalmente un globo con helio, éste volará para no volver nunca, ha sido la mayor decepción de mi vida. Sin embargo, no me puedo quejar porque fui advertida y aún así me empeñé en obtener mi foto con el castillo de la Cenicienta aunque fuese la fotografía más cara de mi vida.

* Primero: resulta que en mi ingenuidad, yo creí que una visita a Disney World, por los 98 dólares que uno paga al acceder (contra treinta que paga uno en Six Flags), incluía la entrada a todos los parques que aparecen en los folletos: Epcot, Animal Kingdom, Hollywood Studios y Magic Kingdom. Pero no: hay que decidirse por uno o pagar, apróximadamente 400 dólares si se quiere visitar todos. Entonces, para empezar, es caro y es demasiado pequeño para lo que cuesta. Yo escogí Magic Kingdom y pasé más horas (cinco) haciendo fila que descubriendo el lugar, que realmente no es muy grande.

* En segundo lugar, Disney World es un lugar de atracciones más que de juegos mecánicos. Entonces, hay muchos desfiles, shows y performances, pero en mi opinión no tienen ninguna montaña rusa que valga la pena y sus juegos están enfocados hacia los niños (¡Genial, Vainilla! ¡Gracias por sacar al mundo de la ignorancia! ¡Nadie nunca se habría imaginado que el mundo de Mickey Mouse estaría enfocado más al público infantil que a adultos amargados como tú!) o hacia el público adulto que sólo desea pasarse en una canoa suavemente para no agitar demasiado sus prótesis de cadera.
* Tres: las filas, como decía, son larguísimas. Absolutamente todos los juegos o atracciones a los que uno quiere acceder, tienen una fila de no menos de hora y media. Lo mismo en verano que en invierno, Hanukkah o Día de la Anticoncepción por Coito Interrumpido. Existe el Fast Pass para algunos shows, que te evitan hacer fila pero aún así, la espera sigue siendo de varias horas.

Fuera de eso: es muy lindo tomarse fotos con el castillo de la Cenicienta. Así que si esperan un parque de diversiones al estilo Six Flags (muchas montañas rusas que te pongan de cabeza y te hagan vomitar) vayan al parque de Universal Studios. Disney World es, más bien, un lugar que vale la pena visitar como parte de un itinerario de fantasía creado en nuestra mente infantil que permaneció intacto a través de los años. Es decir: no me arrepiento, pero si regresara a Florida una vez más, escogería un parque que tenga juegos para adultos y me haga sentir que cada dólar pagado valió la pena.

Por otra parte, Orlando es un buen destino turístico para las latinas que extrañamos la comida de nuestro país, pues encontrar tacos y restaurantes de comida latina o mexicana no es tan difícil como en otras ubicaciones más al norte de Estados Unidos. Además, la comida cubana abunda y siempre es bueno probar nuevos sazones: a mí me gustaron sus tortas de jamón. Abundan los outlets y en general es una ciudad barata.

Vista desde el Hotel Hilton. Miami Beach.
Miami, por su parte, me llevó de vuelta a la vida nocturna que alguna vez tuve y que ya casi había olvidado. La fiesta es interminable -sea o no fin de semana- y abundan los bares donde se puede tomar un trago, bailar o bailar con una desnudista.
Las playas de Miami Beach, a su vez, son lindas y la arena no es fluorescente y gruesa como las de Maryland. Encima, como Lente Loco y El Show de Cristina nos enseñó por años, está lleno de hispanohablantes -cubanos en su mayoría- y uno se siente parte del lenguaje una vez más, así que para hacer el countdown para el año nuevo uno puede gritar confiadamente los números en español.

En resumen: Florida es un buen estado para pasar la Navidad. No hace demasiado frío, es barato, hay muchas cosas para ver y siempre puedes flirtear con un cubano que te invite a salir una noche, aunque Disney World se vea más lindo en el anuncio de la niña que dice: "¡A mí me gusta Mickey!" que en la realidad.

Así pues, el año nuevo me recibió en un estado ajeno, ampliando mis horizontes, agradeciendo por lo vivido y esperando que en un futuro no muy lejano pueda comprender porqué a veces las cosas son como parece que no deben ser. Y es que uno nunca está preparado para que el Castillo de la Cenicienta sea pura utilería y en su interior se encuentren montones de cajas de objetos olvidados en la rueda de la fortuna a través de los años, en lugar de ser un palacio real.

jueves, 13 de diciembre de 2012

¿Vale la pena ser au pair?

No me había enfrentado a esa cuestión en todo este tiempo. O más bien, nunca había tenido que contestarla negativamente, porque siempre me pareció que a pesar de todo, la experiencia au pair valía la pena. Vale la pena soportar berrinches, añoranzas, reglas de tránsito extrañas, hambruna, dormir a horas ridículas, pedir permiso para todo y volverse incapaz de planear su propia vida, porque a cambio uno obtiene el reconfortante beneficio de vivir en el extranjero, experimentando lo que no viviría en el país de nacimiento.

Eso me había quedado claro a mí hasta hace dos semanas. Aunque mucho me he quejado, siempre he concluido que valía la pena todo lo añorado y los momentos perdidos (fiestas, reuniones, navidades, ocasiones ordinarias de las que uno participa sólo a través de féisbuc mientras los demás siguen con su vida) a cambio de lo que uno aprende y vive cuando se viene de au pair, pues para mí ha sido la mejor escuela de manejo, de cocina y de supervivencia que he tenido.

Sin embargo, hace apenas dos domingos mi convencimiento se cimbró y algo parecido al arrepentimiento me tuvo cautiva un par de días. Mi novio, mi adoradísimo novio (seis años de relación, propuesta matrimonial de sobrecama con anillo incluido, planes de boda y asignación definitiva de nuestra nueva morada a mi regreso) me confesó que tenía ya dos meses viviendo con una mujer. Una mujer a quien ahora todos conocen como su novia, incluidos sus papás.

No tiene caso hablar de cómo se me derrumbó el mundo ni de cómo he padecido un calvario pensando qué haré de mi vida cuando vuelva, ni del infierno que resulta para mí recordar cada noche que mientras yo duermo sola en esta cama, sus brazos abrigan una espalda que no es la mía. No. Lo que intento externar y poner bajo la lupa es si realmente consideramos los riesgos que una experiencia así puede tener para nosotras, y si alguna vez nos cuestionamos si vale la pena tomarlos.

Como he dicho antes, mi novio -ahora exnovio, pero para fines terapéuticos lo seguiremos llamado novio en esta entrada- me brindó todo su apoyo para que yo tuviera esta experiencia. Me contactó con amistades para obtener la experiencia calificada, me acompañó a la Ciudad de México para tramitar la visa, me enseñó a nadar (yep... shame on me), y me ofreció toda la seguridad que tuvo a su alcance para que yo hiciera esto que él consideraba una oportunidad única. Estuvo conmigo desde el momento en que se me ocurrió la idea, pasando por el martirizante matching process (se emocionó conmigo cuando llegó la primer familia y se desesperó a mi lado al intentar hacer la cita en la embajada), y permaneció a mi lado cada noche mientras yo le resumía un día de berrinches, siestas, niños vomitones y paranoia por un rematch que nunca llegó. No tengo queja alguna y no puedo culparlo por lo que sucedió.

¿Mi gran error? Jamás considerar que eso podría pasarnos. Confiar desmesuradamente en mi relación, por la fortaleza que había demostrado tener. Pensar que lo nuestro estaba en un nivel superior al de los celos ordinarios y la necesidad de tocar al otro todo el tiempo. Todo mundo me preguntaba si mi novio se había molestado con mi decisión de extender y yo siempre respondía: "¡En lo absoluto! Él me apoya porque dice que es una oportunidad que no tendré otra vez", y ésa era la postura que él tenía. Y yo jamás pensé que podríamos terminar. Nunca. 

Temí que pudieran morirse las personas más viejas que conozco: el tendero de la esquina y la vecina que reza el rosario en su cochera cuyo pelo es blanco desde que yo era una niña. Supe que podía perder contacto con algunas personas o que algunas relaciones se enfriarían. Estuve consciente del inexplicable hueco que habría en mi currículum vitae de 2011 a 2013. Pero jamás pensé que podía terminar con mi novio. Teníamos una relación tan madura que nos había costado tanto cimentar; habíamos pasado ya por tanto, nos habíamos demostrado amarnos como no lo habíamos hecho antes, nos comunicábamos de una forma tan íntima, tan abierta, que a veces ni necesitaba palabras, nos habíamos dicho más de una vez que finalmente habíamos encontrado a la persona en la que queríamos habitar el resto de nuestras vidas, que jamás pensé que catorce meses y una vecina en falda podrían terminar con todo. Cuando escuchaba o leía historias au pair de chicas que terminaban con sus novios en el transcurso de su año yo decía: "eso no nos va a pasar a nosotros." Cuando me reencontré con mi novio en el aeropuerto y sentí en un abrazo ese cúmulo de amor, de deseo, de felicidad contenida por meses liberada en dos segundos, me aseguré a mí misma que 'eso' no me iba a pasar a mí. No a nosotros. Porque mi novio no es un niño, porque lo nuestro sí es amor del bueno, porque mi novio me ama lo suficiente para dejarme crecer, porque yo confío en él ciegamente, porque él me ha dicho que sabe esperar porque la recompensa final es tenerme para siempre, blablablá...

Y entonces, ese domingo después de terminar la última llamada telefónica que nos haríamos, con las mejillas aún saladas, me pregunté si lo vivido aquí me había valido la pena por lo que estaba perdiendo. Y hoy aún intento encontrar la respuesta. Muchas cosas aquí parecen ya no tener sentido. Gran parte de lo que yo hacía aquí lo hacía por los dos: aprender inglés y tomar una certificación en el extranjero para tener un buen empleo en México y que los dos viviéramos mejor. Cocinar tanto como pudiese para habituarme a la tarea y ser una mejor esposa. Y ahora... bueno, ya no me siento tan motivada para soportar berrinches los seis meses que me quedan ni siento que ir a Disneyworld sea tan fantástico.

Yo no creo en las medias naranjas ni en que todo ocurre como obra de un plan divino que siempre trae mejores cosas cada vez. No. Yo creo en las pérdidas. Yo creo en las consecuencias de nuestras acciones. Y creo que cuando un hombre dice que "finalmente el tiempo y la distancia sí hacen mella" en lo que siente por su pareja, es porque no importa cuan fuerte, madura o estable sea su relación, SIEMPRE existe el riesgo de que un año en la lejanía lo eche todo a perder.

El consejo-moraleja-desvarío no es, desde luego, que como me pasó a mí, se preparen para ver cómo sus novios las engañan cuando dejen su país o que se hagan a la idea de nunca volver a ver al novio del que se despidieron llorando en el aeropuerto.

Mi consejo es que trabajen muchísimo en sus relaciones cuando estén acá: no las dejen rezagadas. Escriban diario a sus novios/novias (sí, es en serio: diario). Háganles sentir que los incluyen en sus días. No se olviden de agradecerles por su apoyo. Aunque tengan muchísimos problemas con su hostfamilia o su vida gringa en general, no se olviden de preguntarle a su novio por los suyos. Escuchen. Escuchen mucho. Confíen pero no se olviden de la falibilidad de las relaciones, y menos aún, de las relaciones a distancia.

Y también: piensen muy bien antes de extender. La decisión debe considerar más factores que los que toma en cuenta una chica sin compromisos. Ahora veo más claro que un año es suficiente. Valoren qué obtendrán con la extensión y qué ponen en riesgo. Curiosamente, mi novio comenzó a vivir con su vecina cuando yo cumplí un año y un mes aquí, y me faltaban ocho para volver. La extensión puede ser emocionante para nosotras, pero definitivamente no para ellos. Ellos estarán contentos de compartir con nosotros esta experiencia, pero quizá no de alargarla innecesariamente. 

Y sobretodo: don't take it for granted. No sabemos si a nuestro regreso vamos a encontrar a las mismas personas que dejamos, pero específicamente, no podemos asegurarnos que nuestras parejas van a estar ahí para nosotras. Todo puede pasar. Y entonces hay que sopesar si vale la pena.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

¿Importa vivir con una familia adinerada?

En general cualquier familia que pueda costear los gastos que genera tener una au pair, pertenece a la clase media-alta o alta, pues las cuotas del programa y la manutención de un adulto extra en casa no son gastos que una familia con dificultades económicas pueda absorber. Sin embargo, eso no significa que toda familia anfitriona viva holgadamente. Es decir, así como no todos en México usamos sombrero ni todos en África bailan alrededor de una escultura de madera, no todos en Estados Unidos son unos despilfarradores y viven carefree about money.

Y bueno, eso no parece ser un problema para uno que no viene a gozarla, pues toda au pair llega aquí montada en su navecita de fantasía que clama al mundo: "voy a aprender, a conocer, a subsistir por mis propios medios: no me importa que mi hostfamilia no tenga mayordomo", actitud que, si bien es útil cuando hay que hacerle frente al alza en el costo de la gasolina y cuando en la alacena encontramos puros corn flakes y jamás uno de esos cereales sabrosos que tienen arándanos y frutas secas -y carísimas-, de poco sirve cuando las limitaciones económicas de la familia comienzan a permear en el bolsillo así como en el confort básico de la au pair. Es decir, cuando uno se topa con otras au pairs que manejan convertibles, usan equipos telefónicos costosos y sofisticados, viajan con la familia a lugares remotos o tienen tinas de hidromasaje en su baño privado, nos asombramos y reconocemos la suerte que la au pair en cuestión tuvo al ser elegida por su familia y aspiramos a tomar un paseo un día en su descapotable, pero no olvidamos que lo verdaderamente importante es vivir con una familia armónica que se apegue a las reglas del programa y sirve recordarse a sí mismo que uno no venía por la comodidad sino por la experiencia y prácticamente, la sobrevivencia.

Pero la situación es distinta cuando la familia escatima en los servicios más básicos o necesarios para la au pair. Y es que uno no viene a mendigar ¿cierto? Entonces lo esperable es que la familia cumpla con su deber de anfitriona, pero...
I happen to be hungry all the time in this house!

Cuando llegué a la casa, la hostmadre me dijo "Vainilla, we are cheap people" y para ese entonces no me importó porque yo vengo de una familia de clase media y sé muy bien lo que es economizar en gastos para hacer rendir el dinero y que ningún hijo se quede sin calcetines en invierno, así que me hice cargo de mis snacks, mi champú y la gasolina para mi uso personal, como esperaba, y no me sorprendió comer recalentados o ver que los niños heredan la ropa del hermano mayor inmediato, por ejemplo.

Sin embargo, cuando noté que las raciones de comida en esta familia eran ridículamente pequeñas, nacieron las primeras incomodidades, porque el hambre me transforma en otro ser humano: uno frustrado y malhumorado (y hambriento). Incomodidades que se intensificaron cuando eventualmente descubrí cómo funcionaba el plan de reducción de expensas de esta familia.
Por ejemplo, si la leche se termina en miércoles, no habrá un nuevo galón sino hasta el viernes que es día de paga y los hostpadres van al Safeway a hacer las compras con su cheque recién cobrado. Y no es que yo me muera sin comer cereal dos días, pero no es lo que uno esperaría de una familia que se compromete a darte alimentación por un año como parte del programa (además de que si no te dan suficiente comida a la hora del dinner, lo menos es que tengan leche para que puedas llenarte la tripa con el cereal que TÚ compraste ¿no?), mientras que en invierno, la familia prefiere echar algo de leña a la chimenea antes que encender la calefacción, a fin de ahorrar energía y reducir el recibo a fin de mes, lo que deriva en mi titiritar constante. Y como había mencionado antes: la gasolina siempre será motivo de queja para esta familia a la que le sentaría muy bien usar un coche con celdas solares o, en su defecto, una máquina de vapor, que quizá no pasaría la mitad del tiempo en el taller como lo hace este Hyundai y les ahorraría muchos suspiros de inconformidad.

Entonces, en mi experiencia, sí importa vivir con una familia que no tenga preocupaciones económicas. Porque aunque sea irrelevante que la familia no te reciba con un iPhone 5, sí lamentarás tener el estómago a medio llenar cada tarde, pensando en lo rico que estarías comiendo en tu mesa.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Huida.

Post chillón , personal y hueco.
Siéntase libre de abandonar la sala.

A veces miro mis fotografías y sólo veo a una mujer pasándola bien en una fiesta con personas que conoce y reconoce, pero con las que no ha establecido un verdadero lazo, y siento que he desperdiciado mi vida en relaciones frívolas y pasajeras. Generalmente esto me ocurre cada diciembre 31 o en vísperas de mi cumpleaños, pero ahora me pasa quizá porque me puse un pantalón morado o porque anduve chismeando en el blog de una excompañera de teatro.

Como antecedente, he de decir que en mi vida me he equivocado mucho. Muchísimo. Que siempre tendré celos de quienes sí se atrevieron a remar contracorriente para lograr lo que querían, mientras que yo, cobarde como soy, transité por el camino seguro. Pocas cosas me han apasionado en la vida y no tuve el coraje suficiente para luchar por ellas. He sido talentosa para las mismas pocas cosas y, guess what, las abandoné por indisciplina y miedo, y me inscribí en la universidad para estudiar una carrera que, según yo, me aseguraría bienestar económico. Ingenuidad completa. Dicen que la estupidez de la adolescencia sólo se cura con la edad y es cierto.

A veces aún me pregunto cómo habría sido mi vida de haber tomado mis maletas para irme a estudiar la universidad en una ciudad vecina. Si, a diferencia de mis relaciones universitarias reales, el hecho de compartir casa con alguien más me habría ayudado a solidificar nexos emocionales genuinos con otro ser humano o si mi incapacidad para fraternizar es genética y nunca habríamos sido más que roommates temporales que se agregarán al féisbuc diez años después de egresar para decirse "hey ¿qué onda?" y nunca más cruzar palabra otra vez.
Cuando estudiaba la carrera me sentía perdida: no me entusiasmaba ejercer, al contrario, me aterraba que otra persona le confiase su salud mental a mis perturbaciones, manías y prejuicios. Pocos maestros me tenían agrado y mis calificaciones eran apenas promedio. Tenía amigos, pero sabía que en cuanto pusiéramos un pie fuera de la universidad los perdería para siempre y así fue: ellos siguen siendo amigos, apadrinan sus bodas, se dan regalos navideños y visitan veraniegamente al más afortunado de todos que consiguió trabajo en una playa, pero yo ya nunca más fui necesaria. Sabía que ése no era mi lugar y aún no me perdono no haber sido lo suficientemente honesta conmigo para buscar el mío. Para ese entonces, mis papás se estaban separando y mi mamá estaba mudando de empleo a uno infinitamente menos remunerado. Este par de eventos se convirtieron en mi coartada para estancarme y terminar una carrera a la que siempre le temí y para la cual no tengo ninguna aptitud, lo que derivó en mi aislamiento social, pues no pertenezco más a aquéllos que ahora forman parte del círculo de psicólogos con consultorio y secretaria con tacones provenientes de un catálogo de Andrea. Y eso me lastima como una piedra en el zapato: no lo suficiente para no dejarme vivir, pero siempre está ahí como un dolorcito. Una pequeña punzada que duele intermitentemente cuando mi novio cuenta anécdotas de su vida de estudiante en Valenciana, o cuando veo una foto de los colegas psicólogos en las reuniones a las que yo dejé de asistir porque no tenía ninguna anécdota profesional sobre pacientes suicidas recuperados, para farolear al respecto. Un dolorcito que se siente como reproche, como vergüenza, como amargura. Prurito que parece decir: "eres una tonta."

De modo que, tenía la idea de que venirme de au pair me serviría para sentir que me atreví a hacer algo en mi vida. Algo parecido a estudiar lejos de casa, que a la vez, me sería de utilidad para justificar el hecho de hallarme en la soledad absoluta (¿quién podría juzgarme por no tener amigos si no los frecuenté en los últimos dos años?). No lo pensé, pero pronto descubrí, que ser au pair, para mí, estaba convirtiéndose en ese período de supervivencia universitaria que nunca experimenté y que siempre deseé. Me di cuenta, además, de que quería demostrarme que esta vez sí podría establecer una relación sólida, que moría de ganas por compartir una circunstancia en común con alguien más que nos ligara de manera irrebatible (¿y qué mejor que el hecho de estar lejos de casa debatiéndonos entre la añoranza por los tacos y el amor por el shopping gringo?), que quería exponerme ante las dificultades que supone sobrevivir en el extranjero cuando no se está de vacaciones, pero sobre todo, descubrí que el exilio me serviría para perdonarme a mí misma.

Y en ésas estamos.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Ocho mil cosas que amo de EUA (parte 1 de muchas).


1.- El poder adquisitivo: si bien la economía de este país se ha visto afectada principalmente desde el financial breakdown de 2008 y los gringos se quejan de que 'ya nada es como antes', sigue siendo una de las más fuertes del mundo, y eso se refleja en lo que sus habitantes podemos adquirir. Hasta los que ganamos 4.35 la hora. Aquí me he comprado muchas cosas que en México me habría llevado meses de ahorro y planeación. Por ejemplo, una cámara, boletos de avión, ropa de marca y próximamente una laptop (porque mi notebook ya está por perecer). Además de que, como ya he dicho muchas veces, aquí uno no se limita en lo absoluto. Cualquier cosa que se te antoje, está al alcance y uno deja de preocuparse por mirar el precio de los platillos cuando come en un restaurante; además de que ir al cine significa pagar refrescos de 5.75 sin remilgar demasiado. Lo único malo de todo esto es que ahora no sé cómo voy a transportar de vuelta a México tantos pares de zapatos.  

2.- Comercialización de los artículos más bizarros (¡y útiles!) del mundo: como consecuencia del poder adquisitivo, aquí se fabrican -o importan- miles de artículos que vuelven al ciudadano promedio en un flojonazo de primera, pero simultáneamente uno muy feliz. Aquí yo me he encontrado con cosas que me habrían facilitado la existencia de haberlas tenido en mi casa. Por ejemplo, una malla metálica con asa para cubrir las cazuelas y evitar que brinque el aceite al cocinar, cupcakes instantmaker (como una sandwichera, pero que hace cupcakes ¡o donas de muchos tamaños!) o miles de aplicaciones para manualidades con todas las formas y diseños que uno pueda desear (sé que mi mamá amaría Michael's). No digo que sean cosas que no se vendan en nuestros países, pero sí sé que no se comercializan con la misma cotidianidad -y accesible precio- que aquí, además de que, en caso de poderlos conseguir, es a través de telemarketing y en una gama muy limitada.

3.- Embudo cultural: al ser un país próspero con un nivel de vida óptimo, Estados Unidos ha sido el blanco migratorio para muchísimas culturas desde, al menos, el siglo pasado cuando la nación se recuperó de los efectos ocasionados por Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Lo que resulta en un país multicultural en cuyos vagones del metro es común escuchar cinco idiomas diferentes, o bien, que uno se encuentre con judíos, afroamericanos, latinos y gente que usa turbantes raros, en la misma sala de cine. Y a mí, eso me parece fascinante, pues además significa que uno puede acceder a la gastronomía de casi cualquier cultura, y encontrar templos ortodoxos rusos en las ciudades, los cuales yo nunca había visto antes y sólo los imaginaba gracias al Tetris. 
Cuando estaba yo en la secundaria, el contacto más cercano que tenía a otra cultura, era una compañera cuyos abuelos eran chinos y le habían heredado el apellido y unos lindos ojos rasgados. Todos queríamos ser sus amigos por curiosidad y para robarnos un poco de su popularidad. Aquí los orientales son un artilugio común, y sucede que, uno mismo termina por olvidar que es extranjero.

4.- Respeto a la ecología: si bien, el respeto completo a la ecología se está volviendo una utopía en las civilizaciones actuales debido a las demandas de crecimiento social, en este país, al menos, se hace lo posible por reducir el shock ecológico (shame on you, México!) La gente siempre lleva sus bolsas de re-uso al súpermercado, y las áreas protegidas son realmente protegidas. A los niños -al menos en el suburbio- se les enseña a vivir en conjunto con la fauna forestal, la clasificación de basura es una tarea inherente, la gente replanta sus árboles de Navidad al llegar enero y en los parques hay dispensadores de bolsas desechables para que la gente recoja con ellas los desechos de sus perros.

5.- Confianza en el consumidor: educación y poder adquisitivo (que evita que las personas se vuelvan deshonestas para obtener lo que no pueden comprar), hacen de un consumidor un ente de confianza. 
Es triste, pero debido a la actitud mexicana de siempre querer chingarnos a los demás, en México jamás veremos una máquina de autocheck: ¡háyase visto! Un cliente cobrando su propia mercancía: jamás. Aquí la gente llega a la pantallita con su carro lleno de víveres y los pasa uno a uno frente al escáner y al final paga el monto total. Incluso, la máquina pregunta cuántas bolsas de plástico se usaron, para así, cobrar a cinco centavos la unidad. Me imagino el inventario de bolsas plásticas en México, si implementaran una tecnología así.
¿Otra prueba de la confianza que le tienen al consumidor? En los cines y en cualquier súper mercado o comercio, está permitido entrar con bolsas grandes y hasta con comida. Porque la gente es honrada y cuidadosa. En México a uno no le permiten entrar a una tienda de ropa, con una bolsa de palomitas en la mano porque eso significaría un montón de ropa manchada de mantequilla. Aquí, la gente es un poquito más sensata. Y eso se traduce en que todos viven más relajadamente. 

Y la lista continúa...