domingo, 4 de diciembre de 2011

Comer.

Yo tengo unos hábitos alimenticios bastante malos. No me gustan las verduras, me encanta freír todo (gracias, México), soy amante de los postres, siempre como entrecomidas, nunca me niego un antojo, jamás consumo alimentos reducidos en grasa o azúcar, y sobretodo, considero que comer es un placer y no la respuesta a una necesidad fisiológica.
Entonces llego a este país donde existen ocho mil marcas de comida chatarra y muchas más de comida preparada lista para freír, que jamás probaría aun teniendo la receta (como los camarones fritos con yerbas jamaiquinas que compré ayer). ¿Y qué sucede, entonces? Bueno, pues me encanta comprar. 

Cada semana voy puntualmente al súper y compro lo que necesito y lo que no. Compro mi comida de la semana (la que voy a prepararme y la que está lista para servir), y una dotación generosa de comida chatarra. También visito los pasillos de comida latina para surtirme de imitaciones de la comida que más extraño de mi país. Entonces regreso a mi hostcasa con mis bolsas del súper llenas y...

Tengo que esconderme.

Tengo que correr con mis bolsas hacia el congelador para dejar ahí el helado semanal, las carnes y los congelados; y después de esa escala, subir a mi cuarto y esconder mis bombas calóricas en mi cajonera. Me siento como un ratón cuando toma un trozo de queso del piso y corre hacia su agujero de pared para comérselo a gusto allí. El problema es cuando, como ayer, no logro llegar invicta ni al congelador porque me encuentro a mi hostmom y sus terribles muecas de disgusto, en la cocina.

Comentario a parte: las cosas con mi hostmom no van precisamente bien. Entonces, llego a la cocina con mis bolsas pletóricas de comida chatarra y me recibe con un gestito sangrón de admiración fingida. Y remata: "I can't understand why you buy food in every chance you have!" Bueno, me la pelas. Cuido a tus hijos ¿no? Les doy su porción diaria de chícharos y jugos orgánicos, leche sin grasa y fruta deshidratada ¿no? Nunca como en frente de ellos y cuando traté de esconder mi comida chatarra para que no la vieran, me regañaste y me pediste que la guardara en la alacena. Tú me pagas por mi trabajo y yo soy libre de gastarlo en lo que me venga en gana, así sea un viaje semanal a Europa con 195 dólares, o cien cajas de condones de colores, o bien: mucha comida chatarra, que al final, obstruirá mis arterias y no las tuyas.

Entiendo que ésta no es mi casa y que soy un modelo a seguir, incluso en mis días off. Entiendo y acepto que debo apegarme a sus normas, pero entonces requiero que me las expliquen claramente y no que me critiquen dulcemente por algo que jamás me explicaron me estaba prohibido (y aseguro que si me hubieran dicho que me estaba prohibido comer chatarra, no habría aceptado el match).

Antes de salir de la cocina, insiste: "compraste pizza para toda la semana y aún así sigues comprando comida." Tenía una cuponera, así que pedí una pizza y me mandaron otra. Guardé en el refri lo que no me comí. Pero aquí, con la cultura del desperdicio con la que esta gente nace, es imposible aceptar que su criada mexicana, quiera conservar en refrigeración la comida sobrante para comerla después.

Y no, no tengo un vacío existencial que intente llenar con comida ni como chatarra porque esté deprimida. Simplemente disfruto comer como otros disfrutan beber, dormir o leer, por lo que me frustra  ser criticada por esa afición mía; y tener que esconderme o justificarme por hacerlo.

Luciérnaga y yo decíamos que cuando las cosas van mal, se tiene un mal día, el estrés ahoga, el cansancio impera; poder cenar a gusto contrarrestaría parte del malestar. Saber que al final del día, te espera un momento de tranquilidad en el que sólo tú tienes cabida, y durante el cual puedes disfrutar de algo tan trivial pero monstruosamente restaurador como un muffin de doble chocolate; es un gran aliciente.

Y bueno... yo no lo tengo. Me quedan nueve meses de comer a escondidas en la oscuridad de mi madriguera.


viernes, 25 de noviembre de 2011

Au Pair-anoia.

Cuando llegas a este país, lo primero que notas es que los automovilistas le ceden el paso al peatón. Pero enseguida, lo más notorio y evidente es que Estados Unidos en un país de gente paranoica.

Tienen medidas de seguridad exhaustivas al abordar un avión, al manejar, al llevar a un niño a la escuela, al cocinar, al alimentarse, al desechar desperdicios. Para todo. Sin embargo, a ellos les ha funcionado y gracias a sus sistemas, tienen años siendo un país que ofrece buena calidad de vida para sus habitantes.

...El problema viene cuando la paranoia alcanza a las au pairs.

Hace un par de fines de semana, salí con mi amiga paisana au pair a dar un largo paseo por la urbe gringa más próxima. Para ello, debimos dejar 'nuestros' autos en las estaciones de metro desde donde nos movimos. Yo dejé mi coche estacionado en la acera que decía "kiss and ride" mientras que mi colega au pair dejó el suyo frente al parquímetro al que sólo le depositó en centavos el equivalente a dos horas de estadía. A punto de abordar el tren y viajar felices a nuestro destino, quisimos asegurarnos de haber hecho el procedimiento correctamente, porque nos atacó la paranoia: ¿qué tal que no los estacionamos donde era? ¿qué tal que los parquímetros no funcionan como en México?

Jocosamente, estábamos en lo cierto.

Estacionarse en 'kiss and ride' significa que tienes derecho a estacionarte por un espacio breve de tiempo, mas no que puedes dejar tu coche todo el día. Por otra parte, a los parquímetros debes ponerle en centavos el equivalente al tiempo que pretendas tardarte, y no poner menos, esperando que si tardas un poco más, puedas compensar la diferencia pagando antes de retirarte, porque tu coche será remolcado en cuanto la pantalla del parquímetro diga 'expired'.
Así que una vez sabiéndolo, tuvimos que correr hasta nuestros coches y hacer las correcciones pertinentes: cambiarlos de lugar a un espacio donde pudiesen estar el tiempo necesario sin ser remolcados.

Esto no parece el big deal, pero para nosotras realmente lo fue. Cuando le dije a Luciérnaga -mi amiga au pair- que no estaba segura de haber estacionado el coche en el lugar correcto, esperaba que ella dijera algo como: "¡No te preocupes! Si había rayitas en el piso, es suficiente motivo para dejarlo estacionado cinco días seguidos si es necesario", pero en lugar de eso, obtuve una mueca dubitativa y un: "¡Te acompaño a que lo cambies de lugar, we!" Mismo caso al revés.
Aquí, creo, hasta la persona más relajada termina por estresarse un poco. Más, si eres una au pair. Cuando llegas aquí, te olvidas del relax: te hacen saber que la gente demanda por todo, y  el municipio usa grúas hasta en domingo. Y encima está el hecho de que ni siquiera es tu auto, o tus hijos los que están siendo remolcados: son prestados, son gringos y tú eres un extranjero sin ninguna protección legal (salvo Amnistía Internacional en el caso de que quieran dilapidarte. Porque la verdad, no confío para nada en la protección legal que el seguro de Cultural Care proporciona).

Aquí todo funciona distinto. En México, por ejemplo, si una persona desconsiderada -y floja- se estaciona en un lugar para minusválidos, ganará el repudio de aquéllos que sí tengan consciencia social, pero nada más. Aquí, eso se resuelve con una multa de 250 dólares. Allá te estacionas en un lugar prohibido y pierdes tu placa, aquí se toman la molestia de remolcar tu coche. Allá los niños hacen mandados desde que aprenden a sumar, aquí es considerado explotación infantil. Allá te multan si te descubren  manejando con aliento alcohólico, aquí te arrestan. Mismo caso con encontrarte pidiendo ride.  

Interminable es la lista como interminable la paranoia.
 
En este país, la probabilidad de cometer un error es mayor porque aquí se consideran ilegales o reprobables  acciones o costumbres que en otros países son usuales. Acabo casi de irme a rematch por dejar a mi hostkid en la puerta de la escuela a la vista de la maestra de deportes, en lugar de dejarlo en su salón de la mano de su maestra regular. En la escuela se hizo un alboroto y hasta estuvieron tentados a llamar a Protección Infantil. De modo que, con antecedentes como ése, y de la probabilidad de encontrar que tu coche ha sido remolcado por haberlo dejado en el cajón de 'kiss and ride' es imposible que la paranoia se tome un descanso.

Creo que ya hasta miedo tengo de estornudar.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Driving advices

Me preguntaron qué consejos daría para las chicas que tendrán que manejar acá y que no tienen demasiada experiencia.

Pues bien. Yo confieso:
Cuando yo llegué aquí, JAMÁS había manejado sola. Mi experiencia al volante había sido siempre con un copiloto a bordo: mi mamá, alguna amiga, exnovio, o instructor de manejo, por lo que siempre conté con la ayuda y en cierta medida, la supervisión de alguien. Además, no sabía cómo estacionarme salvo de batería. No tenía idea si quiera de cómo funcionaban las luces de un auto, pues siempre había conducido de día. La función de los espejos retrovisores laterales era un misterio para mí. Es decir: mi experiencia era prácticamente inútil para lo que mi hostfamily requería de mí. Si bien, yo aprendí a manejar hace muchos años (2006) y en estándar, mi práctica siempre fue ocasional y discontinua.

Así que tenía yo doble desventaja en cuanto a manejar refería: por un lado, mi inexperiencia; y por el otro: las diferencias culturales respecto a normas de vialidad, que hacen que tu experiencia sirva un poco menos.

Mi recomendación número uno es que no acepten a una familia que requiere servicio de transporte para sus hijos, a menos que tengan suficiente experiencia. Acepten solamente sólo si van a utilizar el auto para su transporte personal, pero no si van a transportar a los niños. Esto es porque una de las mayores causas de rematch es la inconformidad de los hostparents con respecto al driving de sus au pairs, ya que no quieren exponer a sus hijos a un riesgo innecesario, cuando hay muchas safe drivers esperando por un match. Además, aunque en su país latino manejen bien, los papás gringos son un poco paranoicos al respecto: supe de dos au pairs -con suficiente experiencia sobre ruedas- a las que tuvieron que contratarles instructor de manejo para que los papás estuviesen tranquilos; por lo que  si a esas familias llega una au pair que no está segura ni de cómo encender el auto, muy probablemente su largo año en el extranjero termine siendo una corta quincena.

Yo me arrepentí terriblemente cuando tuve que empezar a manejar aquí y mi hostdad se dio cuenta de que experiencia no tenía y miedo sí. Afortunadamente, tuvieron paciencia conmigo y aunque empecé a manejar apenas llegué, no me dejaron sola sino hasta después de un mes en el que se aseguraron que entendía bien las señales de tránsito y me sentía medianamente segura con mi desempeño manejando.

Ahora, ya tomo el coche para llevar a los niños a donde se necesite, y también lo ocupo para mi transporte personal aunque sean distancias relativamente cortas. Le perdí miedo a la carretera, aunque aún no manejo en highways. Manejo de día o de noche, con o sin lluvia. Ya no ando a veinticinco millas por hora, sino que me ajusto al límite de velocidad. Ahora siempre espejeo y ya no me siento como si tuviese ceguera temporal. Tomo las curvas sin temor a salirme (manejo mayormente en carretera). Y desde luego que sigo siendo pésima para estacionarme y por ello, siempre escojo los cajones más alejados para asegurarme de tener suficiente espacio.

En general, he mejorado mucho, y tanto mis hostfamilia como yo nos sentimos más confiados con ello. Sin embargo, sé que tuve mucha suerte de encontrar a una familia que fuese paciente. Así que mi recomendación es, como dije, mejor no arriesgar su inversión (quince mil pesos aproximadamente) si no tienen suficiente experiencia. Yo tuve días de estrés tan intensos en los que me arrepentí terriblemente haber aceptado a la familia, y la verdad es que el insomnio, la angustia, y el deseo de que se roben tu coche durante la noche no es algo que una au pair debería experimentar. 

Ahora bien, si ya aceptaron y les está entrando mucho nervio (y con mucha razón), mis recomendaciones son:
1.- Si van a manejar en carretera y nunca antes lo han hecho -como yo-, manténganse sobre la velocidad máxima permitida. Es más peligroso ir lento y que las vayan rebasando por el carril contrario, que ir a una velocidad constante aunque sea mayor de la que están acostumbradas a manejar.
2.- Ajústense a las normas de tránsito -las de cortesía y las de señalización- como nunca antes en su vida. Usen sus luces direccionales, denle el paso al peatón SIEMPRE, no superen el límite de velocidad porque aquí hay cámaras.
3.- Cuando manejen con sus hosts, aprovechen para preguntar el significado de todas las señales de tránsito que no tienen en su país. Pongan atención a los semáforos y pregunten cómo funcionan las luces en ellos. En México, por ejemplo, está prohibido dar vuelta a la izquierda sin una flecha verde que lo indique. Aquí existe una especie de 'vuelta a la izquierda continua con precaución' si el semáforo está en verde, aunque no tenga flecha.
4.-Si aún no son muy buenas estacionándose, elijan cajones alejados aunque tengan que caminar más. Al menos, mientras se habitúan al coche y pueden calcular bien sus distancias. Es preferible dar algunos pasos, que un golpe. Además, no se angustien. Yo no he visto un solo estacionamiento donde pidan entrar de reversa.
5.- No anticipen a su hostfamily que tienen miedo o se sienten inseguras. Créanme: lo notarán por sí mismas.
6.- Al maniobrar de reversa, no olviden mirar en todas direcciones. Hacia atrás, a los lados con los retrovisores y sin descuidar el frente. Ya sé: una tortura pero es posible.


Creo que es todo. Si recuerdo algo más, lo añadiré.

Mientras, practiquen tanto como puedan.

miércoles, 26 de octubre de 2011

De los que se quedan.

Ayer, en mi rondín habitual por féisbuc, me enteré que mi hermana menor fue asaltada el día de ayer por tres cholos armados con pistola, que irrumpieron el local comercial donde ella se encontraba. Tirada en el piso junto con los demás clientes del negocio, mientras los hijosdeputa los pateaban al tiempo que los saqueaban sin dejar de apuntarles con sus armas en ningún momento, ella supo que su vida dependía de la salud mental y de la culerez de los animales en cuestión, que en menos de medio segundo y con un  insignificante chasquido producido al jalar del gatillo, podrían decidir terminar con su vida en cualquier momento.

En México, mi amado y añorado país, tristemente ése no es un escenario inusual. Sin embargo, no deja de ser indignante y atemorizante cada vez que ocurre en un perímetro al que estamos habituados. No hace mucho, mi novio y yo también fuimos asaltados por un tipo que con una navaja-cuchillo-espada de esgrima-no sé nos hizo despojarnos en dos segundos de lo que nos había llevado meses ahorrar para conseguir. Y aunque salimos 'bien librados', no dejó de parecernos escalofriante, y ambos coincidimos en que jamás podríamos acostumbrarnos a vivir así, y a verlo con normalidad cada vez que nos ocurra, ya sin sentir miedo, rabia, indignación o frustración.


Mi hermana está bien, afortunadamente. Se quedó sin celular y sin cartera, pero no tiene más qué lamentar.  Sin embargo, yo, a miles de kilómetros de casa  (3781 kilómetros según Google Maps, y 3100 según tutiempo.net), sí lamenté ayer, no estar con mi familia. Como decía, me pareció indignante, repulsivo y frustrante. Que alguien, salido de nowhere, llegue al lugar donde desafortunadamente estás tú y, abracadabra, "esto es un truco de magia y desapareceré todo lo que traigan. No me importa si todavía lo están pagando o si lo necesitan para llegar a fin de mes." Además, de que, claro, existe la posibilidad de que el acto final del show, incluya el viejísimo pero impactante truco de la bala escondida en el cerebro de alguno de los asistentes.

Sé que no fue el gran evento y sé también que nada habría cambiado si yo hubiese estado ahí, pero aun así, anoche sentí muchas ganas de estar con mi familia. Además, mi particular situación y enfermo funcionamiento intrapsíquico, me hicieron blanco de la culpa por haber mejorado mi calidad de vida -en cuanto a seguridad refiere- mientras que mi familia se quedó en un país que empeora cada día, donde ya ni siquiera te salvas con ser modesto y no alardear de tus nuevas adquisiciones, donde ya las recomendaciones escapan al: "no subas fotos de tu coche a féisbuc" porque ya te asaltan o secuestran aun cuando eres un obrero que gana el salario mínimo y piden rescates millonarios a familias humildes que jamás podrían reunir tales cantidades, donde ya ni siquiera la hora es un marcador para confiar porque los asaltos ocurren en días soleados a la puerta de tu casa, donde cualquier haragán tiene acceso a un arma y decide que no desea trabajar más el resto de su vida, donde las organizaciones delictivas piden una cuota mensual a los empresarios y comerciantes -prósperos o no- para dejarles trabajar.

No es que viva con el chicote flagelándome por mi decisión de dejar a mi familia: aprovecho esta experiencia tanto como puedo para que cuando regrese a la vida de la que me vine huyendo -asaltos incluidos- me sienta satisfecha de haberla exprimido en su totalidad. Sin embargo, con mis atropellados sentimientos, sé que nunca dejé de estar allá. Que la mitad de mi deseo y de mi ímpetu aventurero está amarrado a lo que dejé allá, y a lo que he de encontrarme cuando vuelva.

No es ésta una entrada que piense demasiado, ni una que pretenda hablar sobre algo que resulte común para todas. Ni siquiera entiendo bien hacia dónde estoy yendo con las palabras aquí expuestas. Quizá es sólo la constante incertidumbre, que a veces se calma un poco cuando el corazón siente confianza.

 Y es que, cuando decides venir para acá por un largo año, estás renunciando a TODO. Porque no hay garantía de que cuando regreses vayas a encontrarlo de vuelta. Te imaginas a tus papás recibiéndote de vuelta en el aeropuerto y a tu perro orinándose del gusto de volverte a ver (con o sin sonsonete de Ringo Tovar). Piensas que tu casa estará ahí para recibirte de vuelta y que la gente que conoces no será abducida por un OVNI.

Pero no sabes si eso va a pasar.

Parece fácil considerarlo e incluso evidente dentro de los riesgos de cualquier viaje largo, pero  la verdad es que no nos lo imaginamos, hasta que recordamos la fragilidad de la vida misma. Cuando recordamos que nuestra vida y la de los nuestros no sólo depende de nuestra salud y de la probabilidad de evitar un accidente común como que te atropellen o te caiga un yunque en la cabeza, sino también del humor de un marihuano armado con una pistola y con ánimos de asaltar el café donde nos encontramos, es entonces cuando en verdad lo consideramos, y hasta entonces sentimos el escalofrío pertinente.

Un largo año. Ellos allá y tú aquí.

domingo, 23 de octubre de 2011

Historia de un baño.

Cuando yo era niña mi casa sólo tenía un baño. Cuando la urgencia apremiaba a dos personas, una de ellas tenía que hacer uso de sus mejores trucos mentales para contener el reflejo urinario: algo como recitar el alfabeto griego al revés, como hacen los eyaculadores preoces para aguantar un poco más. Crecí esperando por esa remodelación que nos permitiría tener dos baños en casa para duplicar la probabilidad de encontrar un baño disponible cuando fuese necesario.
El tiempo pasó y los sueldos mejoraron. Un día mis papás pudieron poner un segundo baño en casa y las necesidades de la familia se vieron más cómodamente atendidas. Después, algunos habitantes de la casa emigraron y al final, el número de baños en la casa era paralo al número de habitantes. Así que, ahí conocí la fascinación del baño propio: un baño que puedes usar a cualquier hora, organizar y decorar como te venga en gana, y que sabes que siempre encontrarás en buen estado para usarlo.

Mi historia familiar mutó un par de veces más y con ella, también la situación del baño. A veces mejoró. Otras veces empeoró. Sin embargo, lo fundamental había ocurrido: yo ya conocía lo que no tener que compartir el baño con otra persona y mucho menos, con un hombre.

Durante el match process -he de hacer una etiqueta que se llame: 'el match process es una ilusión'- mi hostfamilia me dijo que si bien el baño al que yo tendría acceso no era un baño privado (pues se encuentra en el pasillo, a diez pasos de mi cuarto), sí sería un baño para mí, ya que las otras habitaciones tenían su baño propio, así que los niños y los papás no usarían 'mi' baño. Me gustó la idea y dije que estaba perfecto.

Pero no fue así. Quizá cuando uno llega  a este país se vuelve más quisquillosa de lo que era en el propio, o reclama por comodidades que ni siquiera teníamos en la vida que dejamos. Sabrá el sereno por qué, pero así resulta. Desde la primer semana, me di cuenta que yo no sería la usuaria exclusiva de 'mi' baño y que éste sería objeto de uso para cualquiera que estuviese cerca y sintiese la necesidad de ayudar a sus fluidos a lograr su destino extracorpóreo.

No me molestaría tanto -y no estaría escribiendo esta entrada- si no fuese porque los niños tienen una puntería lastimera: a veces creo que orinan sin sostener su american penis o que dibujan espirales en el aire con él mientras lo hacen, lo que deriva en un retrete salpicado o un piso humedecido (¡y eso es muy desagradable cuando pasas todo el tiempo descalza!), además de que, olvidan tirar la cadena del retrete y siempre, -siempre- dejan levantado el asiento del baño. Increíblemente molesto. He amenazado a mi novio con dejarlo si no mejora ese mal hábito suyo, de manera que aquí, cuando encuentro el asiento en su estado no deseable, siento un deseo repentino de hacer lo mismo.

El baño, a mi gusto, es un lugar muy personal, y al igual que el lugar donde vives, necesita normas para sentirte cómoda en él. Si no te gusta comer en una mesa llena de migajas de un comensal previo, ¿por qué no tener el mismo cuidado en lo que al baño refiere?
Yo no me siento cómoda dejando mi cepillo de dientes en el lavabo sin saber si uno de los niños va a tomarlo y usarlo como destapacaños.  Tengo que mudar mi champú, mi jabón, mi esponja, y todo lo que ocupo para bañarme, cada vez que entro a la bañera, porque me da algo de vergüenza que vean mis champúes contra la calivice, mis rastrillos especialmente diseñados para descendientes directos del Homo Hábilis, y mis esponjas económicas hechas con fomi -no orgánico-. No puedo tomar, además, un baño de tina larguísimo cuando el día fue estresante o simplemente cuando tengo ganas de que mi piel se cocine al vapor, porque siempre hay alguien tocando la puerta. ¡A pesar de que hay más baños en esta casa!

El constante llamar a la puerta me recuerda a mi infancia cuando nuestro único baño disponible estaba ocupado y alguien más deseaba entrar. Me recuerda esos días de entretenida lectura en excusado en los que estando bien instalada en mis sentaderas me hacía desear un baño adicional para que nadie molestara durante tan recreativa actividad. Me hace recordar cuando conocí la gloria del baño propio y la sensación de libertad que le acompañó al poder disponer  de sus espacios a mi gusto: ¿no te gusta el papel de baño en la gaveta de abajo? ¡Ponlo en la de arriba!

Lo más desafortunado de todo es que ayer mi hostpatrón me entregó mis guantes de látex amarillo, mi bote de Ajax y mi esponja Scotch Brite: el kit completo de limpieza para mi baño que no es mío. Así que en lugar de gozar de la privacidad de un baño propio, hoy me encuentro tallando el sarro acumulado por el uso compartido.

Sigh.

sábado, 15 de octubre de 2011

Estrenando.

Pues sí, ya me estrené. Di el primer golpe con 'mi' coche.

No es una gran historia. Tampoco tengo una buena justificación. Es decir, no di el golpe debido a una situación excepcional que lo ameritara, como, que un volcán emergió de la nada y al intentar rodearlo, golpeé una roca volcánica que cayó a mi lado. Ni tampoco tenía una buena excusa, que sonara como a que transporté al último ejemplar de rinoceronte blanco en el cofre para llevarlo a un refugio.

No.

La verdad es que di el golpe porque soy una estúpida. Porque mi dominio en las maniobras de reversa es básicamente nulo. Porque confié demasiado en que podría poner en práctica mis conocimientos y habilidades al volante en cualquier escenario aunque fuese desconocido. Porque mi percepción de las distancias es tan mala que necesito bajarme del auto a verificar si tengo suficiente espacio o no para salir. Porque simplemente manejar nunca será una habilidad en la que pueda confiar.

Resulta que el carpintero estaba en la casa haciendo unas reparaciones. Dejó estacionado su coche detrás del mío. Y a mi derecha estaba el amado coche antiguo de mi hostdad. Mi intención era salir en diagonal, esquivando el coche del carpintero y formándome detrás del arca de Noé con ruedas. Pero  al hacerlo, perdí la perspectiva y terminé embarrándome contra el coche antiguo. A mi coche no le pasó nada, pero la defensa del coche de mi hostjefe, no corrió con la misma suerte y terminó hecha churrito.

La chillonería, la culpa, el deseo de hacer volver el tiempo y de preferencia con cinco centímetros de distancia, y las amenazas mentales a mí misma sobre cambiar de familia o abandonar el programa por falta de capacidad, ya sucedieron y ya las dejé atrás. Así que ahora, sólo me queda palomear un error más en la lista.

Sí, a la lista de mis errores en este país, además de darle gomitas a un bebé con tres dientes creyendo que eran lo suficientemente suaves para deglutirlas, confundir thirteen con thirty, haber llegado tarde a trabajar y con las lagañas en su lugar por haber confiado en que podría dormitar sólo cinco minutitos y despertarme a buena hora, y dejar algunas piezas de rompecabezas debajo de los sillones por no barrer después de que mis críos juegan, se le suma haber dado un buen golpazo de reversa.

Y los que faltan.

domingo, 9 de octubre de 2011

Hoy me regañaron.

Hoy domingo me desperté a las nueve y media de la mañana, lo que consideré un evento afortunado ya que los pequeños moradores de este hogar tienen la insensatísima costumbre de despertar  cada día a las 7.30 a.m., independientemente de los compromisos escolares que el día pueda o no tener para ellos; y hacer muchísimo ruido después de su puntual despertar.

Bajé y la casa estaba sola. ¡Otro evento afortunado! Me bañé, desayuné mis CocoaKrispies, me vestí y me puse online para melosear con mi novio todo el día. Hasta ahí la ausencia me había sentado bien; sin embargo, cuando empecé a sentir hambre y vi que no había nada para comer, salvo alimentos que yo consideraría más bien una botana -como barritas de queso, yogur, galletas y cacahuates-, y un congelador lleno de vegetales verdes que no comería salvo que hubiese una hambruna mundial y dicha reserva constituyera mi única fuente de alimento; la alegría de estar sola se desvaneció.

No sabía dónde estaba mi familia postiza, pero imaginé que no llegaría a tiempo para el dinner, así que busqué otra opciones para comer. Sin embargo, la búsqueda fue inútil ya que no tenía dinero  en efectivo para pagar una pizza de entrega a domicilio y tampoco podía comprar nada porque, como han de recordar mi continua queja, todo aquí me queda a veinte minutos en coche.

Entonces... ¿por qué no ir en coche al súper? Bueno, "mi familia no está", "yo no puedo tomar el coche sin permiso", "el coche es para recoger a los niños de la escuela", "mi familia no confía en mi forma de conducir", "si me pasa algo ni enterados van a estar". Argumentos así de sensatos merodearon mi cabeza y decidí que no podía tomar el coche. Así que no conduje y me preparé por enésima vez, una quesadilla piltrafienta para comer. Mientras me la comía y me abrumaba el tedio dominical, pensaba en lo rico que sería tomar un heladito de Baskin Robbins, salir un rato a la plaza a prestar mi valiosísima atención a las múltiples vitrinas de las múltiples tiendas ahí instaladas, así  como comprar cosas que me hacen falta para mi digna subsistencia. Pero deseché la idea: ¡imposible tomar el coche sin consentimiento!

Más tarde, llegó mi hostfamily. Lo primero que mi hostdado preguntó fue: "¿Y saliste a manejar?". Yo, muy orgullosa de mí le contesté que no, porque no sabía si podía tomar el coche cuando no estuviesen ellos. "¡Ah, vaya, qué au pair tan sensata! ¡Que se sabe una empleada y no un miembro de la familia con innegable derecho a todo!" seguido de dos palmaditas en la cabeza, fue la reacción que yo esperé. Pero no ocurrió.

 En su lugar, mi hostdado me mostró un recado de papel bond tamaño 95x95, escrito con plumón indeleble color rojo carmesí #58, de letras gigantes que decía: "VAINILLA, POR FAVOR, TOMA EL COCHE Y SAL A PRACTICAR. Estamos en Washington y blablablablá" pegado muy visiblemente en la puerta de la entrada, que además es de cristal y permite perfecto la visión.

Le dije la verdad: que no había visto el letrero. Pero su expresión facial, sus cejas arqueadas y su irónico "jmmm", me hicieron saber que no me creyó. Después vino un sermón sobre cómo me atrevo a desperdiciar mis días libres, gastándolos en la inercia del reposo boca arriba, cuando tengo tanto qué mejorar en lo que al american driving refiere. Me disculpé más de una vez, pero el regaño no cesó. Mi  hostpatrón siguió diciendo que no puedo pasar mis días libres sin hacer nada, que es mi obligación manejar con seguridad para su familia, así como acatar las órdenes que me dan y un largo etcétera de argumentos que no tenían razón de ser, porque yo no había desobedecido una orden porque quisiera, sino porque mi miopía, mis períodos de autismo, y mi falta de atención a las puertas de cristal, no me permitieron ver el recado.

Subí a mi cuarto e hice mi merecido berrinche.

Pasé todo un domingo miserable. Aburridísima. Muriendo de hambre. Y todo por hacer lo que yo creí correcto para la familia. De haber visto el jodido papel, habría matado dos pájaros de un resorterazo: habría mejorado mi domingo al conectarme con al civilización, al mismo tiempo que habría cumplido con las expectativas laborales de mi hostfamilia.

Lo más jodido de todo, es que el berrinche no sólo lo hice yo; sino que a los pocos minutos subió mi hostdado a decirme que 'siempre no' me daban el Columbus Day para descansar: que me necesitarían y que mañana nos veíamos para cuidar a los niños. Entonces, mis planes de degustar una riquísima hamburguesa 'Five Guys' y derrochar mi lunes con mi amiga, disfrutando un poco de mi escasa dosis de civilización a la que tengo acceso de vez en cuando, se derrumbaron inmediatamente. Y todo por no haber visto un jodido letrero.

A veces pienso que los hostparents también necesitan un time out. ¡Yo con mucho gusto le aplicaba uno al mío!