lunes, 1 de abril de 2013

Nieve.

Entre las muchas cosas que quería probar de Estados Unidos estaba la nieve. Ese estado de la materia que no es agua de lluvia ni hielo de granizo y que para las au pairs nórdicas resulta ordinario. Crecí viendo caricaturas gringas en las que monos de nieve con bufanda y nariz de zanahoria aparecen con regularidad haciendo del invierno una fiesta que nadie quiere perderse, de modo que una de las preguntas que le hice a mi hostfamilia durante el match es si nevaba en invierno. Cuando me dijeron que sí, lo demás poco me importó.

Un día de diciembre, mientras los hosthijos tomaban su siesta, me encontraba yo en el cuarto de la televisión viendo Breaking Bad cuando de reojo vi por la ventana una brisa extraña. Parecía como el agua que salpica de una fuente pero caía más suavemente y era blanca. Brinqué del sillón y corrí a la calle como si hubiese escuchado al camión de los helados. Estuve en el jardín girando con los brazos extendidos por un largo rato como Winona Ryder en una escena similar, mientras la escarcha se acumulaba en mi sudadera rosa. Me daría un poco de pena que mis clientes, pacientes o profesores me hubiesen visto objeto de tanto júbilo, pero es que fue un momento genuinamente emocionante, a pesar de que la nieve que cayó apenas cubrió el pasto y se derritió un par de horas después.

Días después cayó la primera nevada de verdad y mi felicidad se completó al poderme deslizar cuesta abajo en el trineo familiar y al experimentar una guerra de bolas deformes de nieve con los niños. La calle cubierta con una capa blanca, además, me ofreció un escenario encantador desde la primera vez que lo vi, que se hizo merecedor a decenas y decenas de fotografías. Después me enteré que la nieve fue clasificada por los esquimales según su esponjosidad y que la de Maryland no es tan fluffy como la de otros estados ubicados más al norte; así que cuando conocí la nieve neoyorquina-canadiense mi regocijo aumentó pues era mucho más fina y suave, tanto que simulaba un merengue e incitaba a cualquiera a tirarse de rodillas sobre ella. Ver nevar de noche, por su parte, se convirtió en otra experiencia álbum, pues la imagen de la nieve blanquecina contrastando con la oscuridad del cielo, me mereció además de muchas sonrisas, muchas fotografías. Y aunque nunca pude hacer un mono de nieve, sentí completas mis expectativas.

Sin embargo esta temporada, la inesperada duración del invierno ha comenzado a mermar la magia que la nieve trae consigo, pues a pesar del calentamiento global y el equinoccio de primavera recientemente ocurrido, el  frío no se ha ido, y la más reciente nevada cayó hace apenas unos días. Mucha nieve se vuelve fastidiosa. Uno se cansa de usar guantes todo el tiempo, de tener que asirse de los barandales para no resbalar al caminar y de depender del pronóstico del clima para poder manejar, además de que la nieve sucia de varios días no forma parte del álbum del mejor año de tu vida.

De modo que, satisfecha con mis experiencia con la nieve, empecé a añorar los días soleados de faldas cortas en que uno no necesita aplicar un ritual de limpieza con alcohol sobre los parabrisas congelados para poder manejar. Esos días en que uno no requiere unas botas horrendas para salir al mundo exterior y en los que vestir a los hosthijos para salir al jardín no te ocupa más de dos minutos porque no hay capas y capas de ropa que poner. Días en que las puertas de los coches no se quedan atoradas debido a las temperaturas y en los que uno no se quema las retinas con el reflejo blancuzco del suelo.

Pero, oh, aquéllas que son pasajeras de este autobús al que uno no vuelve a abordar, entenderán cuando les diga que me entristecí de saber que la última nevada de la temporada cayó mientras yo me encontraba de vacaciones en el costado oeste y desértico de este país. Y es que ¿cuándo volveré a correr entre las colinas blancas como Heidi si en México me espera una vida de clima seco estepario? 

jueves, 14 de marzo de 2013

Ocho mil cosas que no me gustan de EUA (parte 1 de muchas).


Si hay ocho mil cosas que me encantan de este país, lo justo es que haya también unas ocho mil que me hagan extrañar mi tierra. Así que, aquí les enlisto esos pequeños detalles que me recuerdan que no hay nación perfecta.

1.- Paranoia: supongo que cuando un país es víctima de terrorismo, es una necesidad volver más rigurosas las normas de seguridad para cualquier lugar de acceso público (aunque paradójicamente cualquiera con un arma puede ingresar a una escuela y cometer infanticidio). De modo que, aunque útil, me parece un fastidio tener que quitarme la chamarra en un día invernal o vaciar mi bolsa ante la inquisidora linternita del oficial en turno cada vez que quiero entrar a un museo. O bien, me parece terriblemente engorroso el procedimiento que se sigue cuando alguien olvida -o abandona- un paquete en algún vagón del metro: se reporta como una emergencia, el tren se detiene, se desaloja a los pasajeros mientras arriban agentes especializados antibombas para verificar que el contenido del portafolio olvidado no sea un explosivo, mientras tanto, si uno padecía un desorden estomacal y contaba con la prontitud del servicio de transporte subterráneo para llegar a tiempo al escusado, la paranoia de este país le habrá deparado un destino mucho más interesante.

La verdad es que son protocolos de seguridad que funcionan en pro del bien común y que en México servirían de mucho, pero eso no evita que uno se sienta hastiado de tener que quitarse los zapatos para entrar a un museo.

2.- El alumbrado público es prácticamente inexistente: no sé cómo se viva en la ciudad, pero en el 'country' que es donde vivimos muchas au pairs, el alumbrado público no existe. Se vive en la oscuridad perpetua. Hay que imaginarse los bordes de las calles, aceras, jardines y buzones porque no hay ningún faro que ilumine ni un poquitín. Las casas tienen sus luces exteriores pero no representan suficiente iluminación cuando uno intenta estacionarse limpiamente cerca de la banqueta sin tallar las llantas. En México, a diferencia de aquí, la electricidad es un recurso federal y es administrada como tal, lo que nos garantiza que no andaremos a oscuras a las ocho de la noche, porque el alumbrado en exteriores es provisto públicamente.

3.- Los billetes y las monedas son un verdadero lastre: ¡Oh, gloriosos aquéllos días en que podía distinguir las denominaciones de mis billetes con sólo echar un vistazo a mi cartera! Aquí los billetes son todos verdes. Para hacer un conteo de tus propiedades monetarias hay que desdoblar los billetes para saber cuánto valen. Las monedas, a su vez, son chiquititas y confusas porque no tienen ningún número que indique su valor. Además, las de diez centavos no dicen "ten cents" sino "one dime" y cuando uno es recién llegado a este país, ese tipo de denominaciones resultan más confusas que el misterio de la Santísima Trinidad. De igual modo, complica las cosas el hecho de que las monedas de cinco centavos sean más grandes que las de diez centavos pero más pequeñas que las de veinticinco.Culpo al Turista Mundial por hacerme creer que en todo el mundo los billetes eran de colores y las transacciones eran fáciles de realizarse.

4.- La vida nocturna suckea: no sé en otras ciudades del país, pero al menos aquí, los bares -que son pocos- cierran a la una de la mañana y se asemejan más bien a una bodega con bocinas. Desde que estoy aquí, he encontrado sólo un bar con mesitas altas y buena música, pues los demás son, como decía, una especie de cuarto vacío donde todos beben en vasos desechables y deambulan libremente. Puaj.
Encima, los domingos después del atardecer es difícil encontrar algo qué hacer: ¡el mall cierra a las seis! Para la Vainilla del pasado (ésa que vivió en México hasta 2011), los domingos eran el día  más esperado para deambular ociosamente en las plazas comerciales de la ciudad. A las ocho de la noche de domingo, los cafés de mi ciudad se encuentran más abarrotados que en cualquier otro momento de la semana, y en las plazas comerciales uno se topa con la mitad de sus amigos en sus mejores fachas -o no- mirando aparadores, saliendo del cine y haciendo compras huecas. Aquí uno termina en el estacionamiento de un Target tomando café de maquinita.


5.- Los peatones son una rara especie: salvo que se trate de DC, (en esta zona del país, claro), Estados Unidos está habitado más por automóviles que por peatones. La gente nunca camina -incluso se mueven en automóvil dentro de un estacionamiento cuando van de una tienda a otra: inaudito- y las banquetas están hechas prácticamente para la gente que pide limosna en los semáforos, porque no hay peatones. Jamás verás a una pareja caminar de la mano sobre una acera o a un niño haciendo equilibrio sobre la barda amarilla de un estacionamiento.
Y no es que no pueda vivir sin ellos (yo también soy una automovilista que no camina desde hace un año y medio), pero en ocasiones sí extraño ver formas de vida humana moviendo las piernas. Sobre todo, cuando tu coche se apaga misteriosamente y no encuentras ningún caminante que te lance un esperanzador "¿Necesita un empujón, güerita?" o cuando vas a una gasolinera y no entiendes cómo funciona la bomba y a tu alrededor no ves más que automovilistas sumergidos en su mundo sobre ruedas, o cuando vas a un estacionamiento público y no encuentras a nadie que te explique sobre horarios o costos, porque, a diferencia de México, en Estados Unidos no hay un oficio llamado 'velador', que es como un guardia o vigilante pero mucho menos formal y que tiene la habilidad de contestar casi cualquier pregunta sobre el negocio por el que vela.

6.- Los perros tienen más derechos que un bracero: me encantan las mascotas, me declaro en contra del maltrato animal y una de las cosas que más me gustan de EUA es el trato digno que le dan a la fauna callejera. Pero, entre eso y que un animal de compañía sea tratado como un ser humano hay una gran diferencia. Me parece innecesario tener que viajar con un animal nervioso que brinca y llena de babas y pelos tu asiento del auto, sólo porque toda la familia está pasando la noche fuera (¡una noche!) y el animalito que es un miembro de la familia, no puede quedarse en casa solo durante ese ridículo período de tiempo. O peor, que el día que la mascota de la familia tiene diarrea, hay que levantarse varias veces en la noche para sacarlo al jardín a hacer lo propio, con el ruido que provoca desactivar y activar una alarma cada vez que se abre la puerta, porque el animal, que está cubierto de pelos y que dormiría en una tibia cama para perros en exteriores, no puede pasar una noche en el jardín porque no está bien: es un animal, tiene sentimientos, pulgas y derechos. Aunque claro, siempre está bien negarle el servicio en Denny's a un latino que sólo quiere desayunar hotcakes.

Sin duda, Estados Unidos es un gran país (y por "gran país" quiero decir GRAN país), pero indudablemente, el tercer mundo también tiene su encanto, y a veces ya no aguanto las ganas de volver a probar una cerveza sin tener que vaciar mi bolsa para encontrar mi pasaporte, pagar un precio decente por un corte de cabello, y sobre todo, preguntarle al transeúnte que deambula a mi lado: "¿me dices la hora, por favor?"


martes, 19 de febrero de 2013

Adiós a la vida au pair


"Recuerdo cada vez que llevaba a los niños al parque,
veía pasar los aviones y decía: 'algún día yo estaré
volando de regreso. Algún día.' ¡Y ya era ese día!"
-Pepina-


A Pepina la conocí un sábado. Yo tenía aquí seis meses y ella apenas una rama (ejem, no. Perdón. Una semana.) Para ese entonces Luciérnaga y yo éramos bests y le dimos la bienvenida comiendo unos tacos horribles en un minimercado latino. Creo que nuestra labor como comité de bienvenida fue pésima porque nos dedicamos a quejarnos y a reenlistar por quincuagésimonovena vez todo lo que extrañábamos de México en lugar de congratularla por su decisión de emigrar. Sin embargo, Pepina perdonó la mala inauguración y se convirtió en mi amiga: una excepcional, vale aclarar. 

El tiempo pasó. Yo decidí extender. Ella no (aunque se lo imploré y recurrí al chantaje) y terminó su año de au pairismo hace una semana para volar de vuelta a México después de una despedida con hamburguesas y crisis de equipaje aeroportuaria.

Su partida involucró más que una despedida pues representó, además, una reconfiguración de mis expectativas sobre volver. Acompañarla durante las últimas de sus semanas de estadía en este país hizo que todas a su alrededor experimentáramos la partida casi como si fuésemos nosotras quienes estábamos despidiendo de la vida au pair.

Por ejemplo: ver a Pepina empacar me hizo temer sobre el peso que tendrán mis maletas cuando vuelva, pues durante este año y medio he adquirido una exorbitante cantidad de ropa y zapatos: la mayoría altísimos y con suelas pesadas, mismas que espero la próxima vez que me asalten, funcionen como arma letal voladora y compensen el desfalco al que me sometí por adquirirlos. También me dio temor pensar en tener que despedirme de esta casa con todas sus comodidades y sus habitantes, a quienes no sé si aprecio más que a las comodidades, pero definitivamente sí estimo. Al mismo tiempo, la noche en que despedimos a Pepina, me di cuenta de aunque estoy ansiosa por volver, aún no estoy lista para hacerlo      -quizá nunca lo esté- y enfrentarme al estrés de conseguir un nuevo empleo, manejar en carreteras agujeradas y renunciar a los planes viajeros de cada fin de semana. 

Y es que la vida de au pair es muy confortable. Desde luego, como he repetido incesantemente desde que llegué, resulta abrumador vivir con una familia extraña y depender de ella, hacerse cargo de niños malcriados y perder uno o dos años haciendo algo laboralmente improductivo. Pero simultáneamente, cuando uno se adapta, el confort comienza.

Uno se acostumbra pronto a que el servicio celular siempre esté cubierto y uno no tenga que cruzar los dedos al enviar un mensaje esperando que el saldo restante sea suficiente, a tener amigas que comparten la misma realidad que uno y que siempre estarán cerca porque el exilio afianza los lazos, a que cada fin de semana haya un plan emocionante para llevar a cabo, a los domingos de Starbucks, a tener un automóvil que nos haga olvidar las incomodidades del transporte público, a los servicios primermundistas, al poder adquisitivo gringo, y a tener un trabajo estable que nunca cambia pues se trata de repetir la misma rutina cada día: nunca aparecerán compañeros de trabajo antipáticos ni clientes detestables.
Uno se habitúa a la vida au pair mientras mira los aviones en el cielo esperando por el momento en que tomemos el propio y volvamos a casa; y cuando ese momento llega, nada podría ser más agridulce: volvemos a lado de los nuestros, nos olvidamos de adivinar humores ajenos, recuperamos nuestra libertad, nos reencontramos con nuestros sabores y nuestros semáforos con sus lindas luces verdes tintineantes, pero también sabemos que no volveremos a comprar una blusa Aeropostale en un buen rato, que nuestras amigas tienen novios u otras amigas y no siempre estarán disponibles los fines de semana, que ya no somos las hermanas mayores adoptivas y tenemos que luchar por el último trago de CocaCola contra nuestros hermanos -los de a deveras-, que en nuestra casa no hay agua caliente las 24 horas, que nadie nos pagará nueve mil pesos (o el equivalente a la divisa de nuestro país) por supervisar a un par de niños pequeños -labor que nos permite actualizar féisbuc, divagar, o reposar horizontalmente en horas laborales- y sobre todo: que la vida ha vuelto a ser justo como era cuando decidimos que queríamos un cambio.

jueves, 7 de febrero de 2013

La mejor edad para ser au pair

Cuando llegué al training me sorprendí de la gran cantidad de niñitas que había: chicas de no más de veinte años que dentro de poco estarían al cuidado de otros niños (¡y es que a los dieciocho eres una niña!), y me imaginé lo difícil que les resultaría la labor debido a su corta experiencia.

Sí, ya sé que no hay que generalizar porque hay chicas de veintiséis años que en su vida jamás han usado una escoba y niñitas de dieciocho que son huérfanas de madre y se hicieron cargo de sus diecisiete hermanos menores responsablemente, sin embargo, en promedio, a los dieciocho años uno está terminando la preparatoria, vive en la casa paterna sin responsabilidades de sustento, obedece a sus papás, y a esa edad, tener empleo representa dinero extra y no una proyección de éxito profesional ni mucho menos la respuesta a una necesidad económica.
Por eso creía yo que cuando uno es au pair a los dieciocho, la experiencia es mucho más difícil. Porque a esa edad uno no ha tenido la responsabilidad de decidir sobre la vida de otra persona, no tiene gran experiencia sorteando el estrés laboral y en general, uno es más inexperto en casi cualquier área relacionada con la vida de au pair. Y creí que yo, al tener 25 años, habiendo vivido sin mis papás, trabajado desde hacía siete años y superado más dificultades en los últimos cinco años que en toda mi vida, tendría un año de au pairismo mucho más dichoso que la mayoría de las dieciochoañeras.

Pues no.

Si bien me ha sido muy útil tener una carrera, ser legalmente apta para beber en este país, y haber sobrevivido cuatro años sin mi mamá; ser un adulto y no una universitaria me ha traído algunas frustraciones que se habrían evitado si hubiese hecho esto cuando tenía 18 y no 27. Sucede que me es imposible ver a mis hostpadres como una figura parental: los respeto porque son mis jefes, pero no porque me inspiren esa reverencia que se tiene a los padres. Eso vuelve nuestra relación un poco difícil porque no encontramos el balance entre mi rol de hija mayor y el del adulto que en realidad soy.
Para mí, en este punto de mi vida, representa un verdadero cansancio depender de una pareja que ni siquiera son mis papás.

De niña, púber y hasta universitaria, dependí siempre del humor de mi papá para hacer lo que fuese. Si quería ir a una fiesta, quería dinero para comprar lo que fuese o si tenía que confesar una suspensión escolar, tenía que encontrar el momento justo para hacerlo: cuando mi papá anduviese silbando alegremente por la casa, ya que si tenía la desdicha de que ese día el América hubiese ganado un clásico, por ejemplo, bien podía irme despidiendo de mis planes o asumiendo un castigo escabroso posterior a mi confesión. Además, desobedecer a mi papá nunca fue una opción: cuando decía 'no', no había apelación alguna. Más de alguna vez me apunté en algún plan para después avisarle a mis amigos que mi papá no me había dado permiso por razones razonables o de lo más disparatadas, y vergonzosamente, cancelar todo arreglo previo.

Afortunadamente, las cosas cambiaron después: me mudé para sostener una renta yo sola y volví algún tiempo después a la casa paterna para disfrutar, ahora sí, de mi independencia moral y económica. De modo que cuando quería pasar un fin de semana con mi novio sólo lo hacía saber: me despedía de mi mamá con mi maletita findesemanera en mano y volvía a casa el domingo por la noche. Disponía de mis tardes, mis noches y mis fines de semana enteramente: podía hacer planes a futuro o simplemente sumarme a una invitación espontánea de tipo: "no tengo nada qué hacer ¿le caemos por unas chelas?" sin ningún trámite engorroso. Si quería, podía volver a casa a las seis de la mañana después de una fiesta aunque debiese ir a trabajar a las ocho, pues confiaba plenamente en la respuesta de mi cuerpo al Red Bull y las cafiaspirinas. Si me llegaba un requerimiento de Hacienda por no pagar mis impuestos, lo platicaba con mi mamá mientras cenábamos panquecitos frente a la tele. Si quería hacerme un tatuaje, me lo hacía y ya. Le tomaba fotos y luego las subía a féisbuc. Me convertí en un adulto y me volví dueña de mi vida completamente.

Y entonces firmé un contrato con una agencia y volé a Estados Unidos para convertirme nuevamente en un ser dependiente de dos adultos, lo que durante mi fase de optimismo quierovivirestaexperienciacontodoloqueincluya me pareció razonable y, lógicamente, soportable. Pero ¡oh, Yisus, no sabía en la que me estaba metiendo!

Hoy, a diecisiete meses de iniciar esta vida, puedo decir que estoy francamente harta. No harta de los niños (sí, un poco), ni de la gente o los lugares que he conocido aquí, ni siquiera de estar lejos de casa: estoy harta de vivir como una adolescente. Estoy cansada de merodear en la cocina esperando el momento justo            -además de la palabra precisa y la sonrisa perfecta, Silvio dixit- para preguntar si puedo usar el coche. Me tiene fastidiada el no poder decidir qué hacer con mis fines de semana libremente porque no sé si tendré disponible el auto, como cuando siendo adolescente, no sabía si tendría permiso de mis papás. Me tiene cansada estar encerrada de lunes a viernes en esta casa porque tengo un curfew a las once de la noche, y el día que lo violé por ir a un concierto, los hostpadres me sentaron en la sala y me dieron una larga charla sobre el respeto y la buena conducta, y aterradoramente, mencionaron la posibilidad de prohibirme usar el coche como castigo. Estoy cansada de preocuparme por evitarme regaños -y es que estoy en espera de que me llegue una nueva multa por speeding y me la vivo al acecho de Mr. Postman para que me la entregue en mis manos sin que los hostpadres se enteren- y en general, me siento muy deseosa de recuperar mi vida de adulto.

Por eso es que en las más recientes semanas he cambiado un poco mi percepción sobre la mejor edad para ser au pair. Pienso que mi inexperiencia laboral a los 18 años no habría sido tan difícil de sobrellevar, finalmente. Al menos no tanto como tener una segunda adolescencia en casa ajena.

viernes, 11 de enero de 2013

Florida, el año nuevo y yo.

Uno de los principales lugares que yo quería visitar de Estados Unidos era Florida, y para el final del recientemente extinto año pasado, tuve la oportunidad de viajar hacia el sureste gringo y cumplir uno más de mis pendientes to-do-before-dying.

Aunque sabía que Florida tiene muchos atractivos turísticos, básicamente a mí el que me interesaba era Disney World porque desde niña soñaba con tomarme fotos con Mickey y volar sobre el lomo agujerado de Dumbo, así que tan pronto como pude hice una parada en ese mundo de fantasía creado por el neo-nazi y racista Walt Disney. ¿Cómo resultó? Después de enterarme que Santa Claus no existe y de descubrir empíricamente que si sueltas accidentalmente un globo con helio, éste volará para no volver nunca, ha sido la mayor decepción de mi vida. Sin embargo, no me puedo quejar porque fui advertida y aún así me empeñé en obtener mi foto con el castillo de la Cenicienta aunque fuese la fotografía más cara de mi vida.

* Primero: resulta que en mi ingenuidad, yo creí que una visita a Disney World, por los 98 dólares que uno paga al acceder (contra treinta que paga uno en Six Flags), incluía la entrada a todos los parques que aparecen en los folletos: Epcot, Animal Kingdom, Hollywood Studios y Magic Kingdom. Pero no: hay que decidirse por uno o pagar, apróximadamente 400 dólares si se quiere visitar todos. Entonces, para empezar, es caro y es demasiado pequeño para lo que cuesta. Yo escogí Magic Kingdom y pasé más horas (cinco) haciendo fila que descubriendo el lugar, que realmente no es muy grande.

* En segundo lugar, Disney World es un lugar de atracciones más que de juegos mecánicos. Entonces, hay muchos desfiles, shows y performances, pero en mi opinión no tienen ninguna montaña rusa que valga la pena y sus juegos están enfocados hacia los niños (¡Genial, Vainilla! ¡Gracias por sacar al mundo de la ignorancia! ¡Nadie nunca se habría imaginado que el mundo de Mickey Mouse estaría enfocado más al público infantil que a adultos amargados como tú!) o hacia el público adulto que sólo desea pasarse en una canoa suavemente para no agitar demasiado sus prótesis de cadera.
* Tres: las filas, como decía, son larguísimas. Absolutamente todos los juegos o atracciones a los que uno quiere acceder, tienen una fila de no menos de hora y media. Lo mismo en verano que en invierno, Hanukkah o Día de la Anticoncepción por Coito Interrumpido. Existe el Fast Pass para algunos shows, que te evitan hacer fila pero aún así, la espera sigue siendo de varias horas.

Fuera de eso: es muy lindo tomarse fotos con el castillo de la Cenicienta. Así que si esperan un parque de diversiones al estilo Six Flags (muchas montañas rusas que te pongan de cabeza y te hagan vomitar) vayan al parque de Universal Studios. Disney World es, más bien, un lugar que vale la pena visitar como parte de un itinerario de fantasía creado en nuestra mente infantil que permaneció intacto a través de los años. Es decir: no me arrepiento, pero si regresara a Florida una vez más, escogería un parque que tenga juegos para adultos y me haga sentir que cada dólar pagado valió la pena.

Por otra parte, Orlando es un buen destino turístico para las latinas que extrañamos la comida de nuestro país, pues encontrar tacos y restaurantes de comida latina o mexicana no es tan difícil como en otras ubicaciones más al norte de Estados Unidos. Además, la comida cubana abunda y siempre es bueno probar nuevos sazones: a mí me gustaron sus tortas de jamón. Abundan los outlets y en general es una ciudad barata.

Vista desde el Hotel Hilton. Miami Beach.
Miami, por su parte, me llevó de vuelta a la vida nocturna que alguna vez tuve y que ya casi había olvidado. La fiesta es interminable -sea o no fin de semana- y abundan los bares donde se puede tomar un trago, bailar o bailar con una desnudista.
Las playas de Miami Beach, a su vez, son lindas y la arena no es fluorescente y gruesa como las de Maryland. Encima, como Lente Loco y El Show de Cristina nos enseñó por años, está lleno de hispanohablantes -cubanos en su mayoría- y uno se siente parte del lenguaje una vez más, así que para hacer el countdown para el año nuevo uno puede gritar confiadamente los números en español.

En resumen: Florida es un buen estado para pasar la Navidad. No hace demasiado frío, es barato, hay muchas cosas para ver y siempre puedes flirtear con un cubano que te invite a salir una noche, aunque Disney World se vea más lindo en el anuncio de la niña que dice: "¡A mí me gusta Mickey!" que en la realidad.

Así pues, el año nuevo me recibió en un estado ajeno, ampliando mis horizontes, agradeciendo por lo vivido y esperando que en un futuro no muy lejano pueda comprender porqué a veces las cosas son como parece que no deben ser. Y es que uno nunca está preparado para que el Castillo de la Cenicienta sea pura utilería y en su interior se encuentren montones de cajas de objetos olvidados en la rueda de la fortuna a través de los años, en lugar de ser un palacio real.

jueves, 13 de diciembre de 2012

¿Vale la pena ser au pair?

No me había enfrentado a esa cuestión en todo este tiempo. O más bien, nunca había tenido que contestarla negativamente, porque siempre me pareció que a pesar de todo, la experiencia au pair valía la pena. Vale la pena soportar berrinches, añoranzas, reglas de tránsito extrañas, hambruna, dormir a horas ridículas, pedir permiso para todo y volverse incapaz de planear su propia vida, porque a cambio uno obtiene el reconfortante beneficio de vivir en el extranjero, experimentando lo que no viviría en el país de nacimiento.

Eso me había quedado claro a mí hasta hace dos semanas. Aunque mucho me he quejado, siempre he concluido que valía la pena todo lo añorado y los momentos perdidos (fiestas, reuniones, navidades, ocasiones ordinarias de las que uno participa sólo a través de féisbuc mientras los demás siguen con su vida) a cambio de lo que uno aprende y vive cuando se viene de au pair, pues para mí ha sido la mejor escuela de manejo, de cocina y de supervivencia que he tenido.

Sin embargo, hace apenas dos domingos mi convencimiento se cimbró y algo parecido al arrepentimiento me tuvo cautiva un par de días. Mi novio, mi adoradísimo novio (seis años de relación, propuesta matrimonial de sobrecama con anillo incluido, planes de boda y asignación definitiva de nuestra nueva morada a mi regreso) me confesó que tenía ya dos meses viviendo con una mujer. Una mujer a quien ahora todos conocen como su novia, incluidos sus papás.

No tiene caso hablar de cómo se me derrumbó el mundo ni de cómo he padecido un calvario pensando qué haré de mi vida cuando vuelva, ni del infierno que resulta para mí recordar cada noche que mientras yo duermo sola en esta cama, sus brazos abrigan una espalda que no es la mía. No. Lo que intento externar y poner bajo la lupa es si realmente consideramos los riesgos que una experiencia así puede tener para nosotras, y si alguna vez nos cuestionamos si vale la pena tomarlos.

Como he dicho antes, mi novio -ahora exnovio, pero para fines terapéuticos lo seguiremos llamado novio en esta entrada- me brindó todo su apoyo para que yo tuviera esta experiencia. Me contactó con amistades para obtener la experiencia calificada, me acompañó a la Ciudad de México para tramitar la visa, me enseñó a nadar (yep... shame on me), y me ofreció toda la seguridad que tuvo a su alcance para que yo hiciera esto que él consideraba una oportunidad única. Estuvo conmigo desde el momento en que se me ocurrió la idea, pasando por el martirizante matching process (se emocionó conmigo cuando llegó la primer familia y se desesperó a mi lado al intentar hacer la cita en la embajada), y permaneció a mi lado cada noche mientras yo le resumía un día de berrinches, siestas, niños vomitones y paranoia por un rematch que nunca llegó. No tengo queja alguna y no puedo culparlo por lo que sucedió.

¿Mi gran error? Jamás considerar que eso podría pasarnos. Confiar desmesuradamente en mi relación, por la fortaleza que había demostrado tener. Pensar que lo nuestro estaba en un nivel superior al de los celos ordinarios y la necesidad de tocar al otro todo el tiempo. Todo mundo me preguntaba si mi novio se había molestado con mi decisión de extender y yo siempre respondía: "¡En lo absoluto! Él me apoya porque dice que es una oportunidad que no tendré otra vez", y ésa era la postura que él tenía. Y yo jamás pensé que podríamos terminar. Nunca. 

Temí que pudieran morirse las personas más viejas que conozco: el tendero de la esquina y la vecina que reza el rosario en su cochera cuyo pelo es blanco desde que yo era una niña. Supe que podía perder contacto con algunas personas o que algunas relaciones se enfriarían. Estuve consciente del inexplicable hueco que habría en mi currículum vitae de 2011 a 2013. Pero jamás pensé que podía terminar con mi novio. Teníamos una relación tan madura que nos había costado tanto cimentar; habíamos pasado ya por tanto, nos habíamos demostrado amarnos como no lo habíamos hecho antes, nos comunicábamos de una forma tan íntima, tan abierta, que a veces ni necesitaba palabras, nos habíamos dicho más de una vez que finalmente habíamos encontrado a la persona en la que queríamos habitar el resto de nuestras vidas, que jamás pensé que catorce meses y una vecina en falda podrían terminar con todo. Cuando escuchaba o leía historias au pair de chicas que terminaban con sus novios en el transcurso de su año yo decía: "eso no nos va a pasar a nosotros." Cuando me reencontré con mi novio en el aeropuerto y sentí en un abrazo ese cúmulo de amor, de deseo, de felicidad contenida por meses liberada en dos segundos, me aseguré a mí misma que 'eso' no me iba a pasar a mí. No a nosotros. Porque mi novio no es un niño, porque lo nuestro sí es amor del bueno, porque mi novio me ama lo suficiente para dejarme crecer, porque yo confío en él ciegamente, porque él me ha dicho que sabe esperar porque la recompensa final es tenerme para siempre, blablablá...

Y entonces, ese domingo después de terminar la última llamada telefónica que nos haríamos, con las mejillas aún saladas, me pregunté si lo vivido aquí me había valido la pena por lo que estaba perdiendo. Y hoy aún intento encontrar la respuesta. Muchas cosas aquí parecen ya no tener sentido. Gran parte de lo que yo hacía aquí lo hacía por los dos: aprender inglés y tomar una certificación en el extranjero para tener un buen empleo en México y que los dos viviéramos mejor. Cocinar tanto como pudiese para habituarme a la tarea y ser una mejor esposa. Y ahora... bueno, ya no me siento tan motivada para soportar berrinches los seis meses que me quedan ni siento que ir a Disneyworld sea tan fantástico.

Yo no creo en las medias naranjas ni en que todo ocurre como obra de un plan divino que siempre trae mejores cosas cada vez. No. Yo creo en las pérdidas. Yo creo en las consecuencias de nuestras acciones. Y creo que cuando un hombre dice que "finalmente el tiempo y la distancia sí hacen mella" en lo que siente por su pareja, es porque no importa cuan fuerte, madura o estable sea su relación, SIEMPRE existe el riesgo de que un año en la lejanía lo eche todo a perder.

El consejo-moraleja-desvarío no es, desde luego, que como me pasó a mí, se preparen para ver cómo sus novios las engañan cuando dejen su país o que se hagan a la idea de nunca volver a ver al novio del que se despidieron llorando en el aeropuerto.

Mi consejo es que trabajen muchísimo en sus relaciones cuando estén acá: no las dejen rezagadas. Escriban diario a sus novios/novias (sí, es en serio: diario). Háganles sentir que los incluyen en sus días. No se olviden de agradecerles por su apoyo. Aunque tengan muchísimos problemas con su hostfamilia o su vida gringa en general, no se olviden de preguntarle a su novio por los suyos. Escuchen. Escuchen mucho. Confíen pero no se olviden de la falibilidad de las relaciones, y menos aún, de las relaciones a distancia.

Y también: piensen muy bien antes de extender. La decisión debe considerar más factores que los que toma en cuenta una chica sin compromisos. Ahora veo más claro que un año es suficiente. Valoren qué obtendrán con la extensión y qué ponen en riesgo. Curiosamente, mi novio comenzó a vivir con su vecina cuando yo cumplí un año y un mes aquí, y me faltaban ocho para volver. La extensión puede ser emocionante para nosotras, pero definitivamente no para ellos. Ellos estarán contentos de compartir con nosotros esta experiencia, pero quizá no de alargarla innecesariamente. 

Y sobretodo: don't take it for granted. No sabemos si a nuestro regreso vamos a encontrar a las mismas personas que dejamos, pero específicamente, no podemos asegurarnos que nuestras parejas van a estar ahí para nosotras. Todo puede pasar. Y entonces hay que sopesar si vale la pena.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

¿Importa vivir con una familia adinerada?

En general cualquier familia que pueda costear los gastos que genera tener una au pair, pertenece a la clase media-alta o alta, pues las cuotas del programa y la manutención de un adulto extra en casa no son gastos que una familia con dificultades económicas pueda absorber. Sin embargo, eso no significa que toda familia anfitriona viva holgadamente. Es decir, así como no todos en México usamos sombrero ni todos en África bailan alrededor de una escultura de madera, no todos en Estados Unidos son unos despilfarradores y viven carefree about money.

Y bueno, eso no parece ser un problema para uno que no viene a gozarla, pues toda au pair llega aquí montada en su navecita de fantasía que clama al mundo: "voy a aprender, a conocer, a subsistir por mis propios medios: no me importa que mi hostfamilia no tenga mayordomo", actitud que, si bien es útil cuando hay que hacerle frente al alza en el costo de la gasolina y cuando en la alacena encontramos puros corn flakes y jamás uno de esos cereales sabrosos que tienen arándanos y frutas secas -y carísimas-, de poco sirve cuando las limitaciones económicas de la familia comienzan a permear en el bolsillo así como en el confort básico de la au pair. Es decir, cuando uno se topa con otras au pairs que manejan convertibles, usan equipos telefónicos costosos y sofisticados, viajan con la familia a lugares remotos o tienen tinas de hidromasaje en su baño privado, nos asombramos y reconocemos la suerte que la au pair en cuestión tuvo al ser elegida por su familia y aspiramos a tomar un paseo un día en su descapotable, pero no olvidamos que lo verdaderamente importante es vivir con una familia armónica que se apegue a las reglas del programa y sirve recordarse a sí mismo que uno no venía por la comodidad sino por la experiencia y prácticamente, la sobrevivencia.

Pero la situación es distinta cuando la familia escatima en los servicios más básicos o necesarios para la au pair. Y es que uno no viene a mendigar ¿cierto? Entonces lo esperable es que la familia cumpla con su deber de anfitriona, pero...
I happen to be hungry all the time in this house!

Cuando llegué a la casa, la hostmadre me dijo "Vainilla, we are cheap people" y para ese entonces no me importó porque yo vengo de una familia de clase media y sé muy bien lo que es economizar en gastos para hacer rendir el dinero y que ningún hijo se quede sin calcetines en invierno, así que me hice cargo de mis snacks, mi champú y la gasolina para mi uso personal, como esperaba, y no me sorprendió comer recalentados o ver que los niños heredan la ropa del hermano mayor inmediato, por ejemplo.

Sin embargo, cuando noté que las raciones de comida en esta familia eran ridículamente pequeñas, nacieron las primeras incomodidades, porque el hambre me transforma en otro ser humano: uno frustrado y malhumorado (y hambriento). Incomodidades que se intensificaron cuando eventualmente descubrí cómo funcionaba el plan de reducción de expensas de esta familia.
Por ejemplo, si la leche se termina en miércoles, no habrá un nuevo galón sino hasta el viernes que es día de paga y los hostpadres van al Safeway a hacer las compras con su cheque recién cobrado. Y no es que yo me muera sin comer cereal dos días, pero no es lo que uno esperaría de una familia que se compromete a darte alimentación por un año como parte del programa (además de que si no te dan suficiente comida a la hora del dinner, lo menos es que tengan leche para que puedas llenarte la tripa con el cereal que TÚ compraste ¿no?), mientras que en invierno, la familia prefiere echar algo de leña a la chimenea antes que encender la calefacción, a fin de ahorrar energía y reducir el recibo a fin de mes, lo que deriva en mi titiritar constante. Y como había mencionado antes: la gasolina siempre será motivo de queja para esta familia a la que le sentaría muy bien usar un coche con celdas solares o, en su defecto, una máquina de vapor, que quizá no pasaría la mitad del tiempo en el taller como lo hace este Hyundai y les ahorraría muchos suspiros de inconformidad.

Entonces, en mi experiencia, sí importa vivir con una familia que no tenga preocupaciones económicas. Porque aunque sea irrelevante que la familia no te reciba con un iPhone 5, sí lamentarás tener el estómago a medio llenar cada tarde, pensando en lo rico que estarías comiendo en tu mesa.