lunes, 1 de abril de 2013

Nieve.

Entre las muchas cosas que quería probar de Estados Unidos estaba la nieve. Ese estado de la materia que no es agua de lluvia ni hielo de granizo y que para las au pairs nórdicas resulta ordinario. Crecí viendo caricaturas gringas en las que monos de nieve con bufanda y nariz de zanahoria aparecen con regularidad haciendo del invierno una fiesta que nadie quiere perderse, de modo que una de las preguntas que le hice a mi hostfamilia durante el match es si nevaba en invierno. Cuando me dijeron que sí, lo demás poco me importó.

Un día de diciembre, mientras los hosthijos tomaban su siesta, me encontraba yo en el cuarto de la televisión viendo Breaking Bad cuando de reojo vi por la ventana una brisa extraña. Parecía como el agua que salpica de una fuente pero caía más suavemente y era blanca. Brinqué del sillón y corrí a la calle como si hubiese escuchado al camión de los helados. Estuve en el jardín girando con los brazos extendidos por un largo rato como Winona Ryder en una escena similar, mientras la escarcha se acumulaba en mi sudadera rosa. Me daría un poco de pena que mis clientes, pacientes o profesores me hubiesen visto objeto de tanto júbilo, pero es que fue un momento genuinamente emocionante, a pesar de que la nieve que cayó apenas cubrió el pasto y se derritió un par de horas después.

Días después cayó la primera nevada de verdad y mi felicidad se completó al poderme deslizar cuesta abajo en el trineo familiar y al experimentar una guerra de bolas deformes de nieve con los niños. La calle cubierta con una capa blanca, además, me ofreció un escenario encantador desde la primera vez que lo vi, que se hizo merecedor a decenas y decenas de fotografías. Después me enteré que la nieve fue clasificada por los esquimales según su esponjosidad y que la de Maryland no es tan fluffy como la de otros estados ubicados más al norte; así que cuando conocí la nieve neoyorquina-canadiense mi regocijo aumentó pues era mucho más fina y suave, tanto que simulaba un merengue e incitaba a cualquiera a tirarse de rodillas sobre ella. Ver nevar de noche, por su parte, se convirtió en otra experiencia álbum, pues la imagen de la nieve blanquecina contrastando con la oscuridad del cielo, me mereció además de muchas sonrisas, muchas fotografías. Y aunque nunca pude hacer un mono de nieve, sentí completas mis expectativas.

Sin embargo esta temporada, la inesperada duración del invierno ha comenzado a mermar la magia que la nieve trae consigo, pues a pesar del calentamiento global y el equinoccio de primavera recientemente ocurrido, el  frío no se ha ido, y la más reciente nevada cayó hace apenas unos días. Mucha nieve se vuelve fastidiosa. Uno se cansa de usar guantes todo el tiempo, de tener que asirse de los barandales para no resbalar al caminar y de depender del pronóstico del clima para poder manejar, además de que la nieve sucia de varios días no forma parte del álbum del mejor año de tu vida.

De modo que, satisfecha con mis experiencia con la nieve, empecé a añorar los días soleados de faldas cortas en que uno no necesita aplicar un ritual de limpieza con alcohol sobre los parabrisas congelados para poder manejar. Esos días en que uno no requiere unas botas horrendas para salir al mundo exterior y en los que vestir a los hosthijos para salir al jardín no te ocupa más de dos minutos porque no hay capas y capas de ropa que poner. Días en que las puertas de los coches no se quedan atoradas debido a las temperaturas y en los que uno no se quema las retinas con el reflejo blancuzco del suelo.

Pero, oh, aquéllas que son pasajeras de este autobús al que uno no vuelve a abordar, entenderán cuando les diga que me entristecí de saber que la última nevada de la temporada cayó mientras yo me encontraba de vacaciones en el costado oeste y desértico de este país. Y es que ¿cuándo volveré a correr entre las colinas blancas como Heidi si en México me espera una vida de clima seco estepario? 

5 comentarios:

Erika BM dijo...

Hola!
A mí también me gusta la nieve pero creo que en USA nieve al extremo..y todo el invierno debe ser un poco cansado, no? Has conducido con nieve? Es que es una de las cosas que me preocupa! Yo me voy allí este verano, y me da un poco de miedo el tema nieve-coche! Cuando regresas a México? Ya me contarás! Un beso!

Pink dijo...

No me digas yo estoy tambien a punto de irme y el ver la ultima nevada me entristecio demasiado si bien tambien ya me urge el sol, saber que tal vez fue la ultima me puso triste ... saludos

Vainilla dijo...

Érika:
La nieve se convierte en algo cansado después de un rato. Y especialmente, después del primer invierno.
He conducido mientras nieva y no ha sido gran cosa. Lo difícil no es manejar sobre nieve sino sobre hielo. Eso sí es muy peligroso y nunca lo he hecho -ni haré-.
Mi extensión termina el 15 de junio. ;)

Pink:
Justo eso. Así mismo lo viví.

Saludos, chicas.

Priscila García dijo...

Vainilla! Debo decir que me encanta tu blog.
Tu redacción hace que me sea tan agradable leer tus entradas por sobre todos los blog's auperinos a los que he llegado.
Me han encantado tus experiencias en E.U.A. que me muero de ganas por empezar mi propia aventura, espero, en unos meses. Seguiré esperando más de ti. Saludos!

Vainilla dijo...

Priscila, muchas gracias por los comentarios. Ojalá prontito tengas oportunidad de vivir tus propias aventuras.

Un saludo.