lunes, 3 de junio de 2013

Empacar

Resulta que voy a enviar mis pertenencias a mi nueva morada por correo tradicional para no pagar sobrepeso al abordar y así evitar que los magnates de las aerolíneas se compren otra casa en Hawaii con lo que me cobrarían por exceso de equipaje. De modo que, a menos dos semanas de mudarme, estoy empacando todo lo que adquirí en los últimos veintiún meses de mi vida y algunas otras cosas que me acompañaron desde México y sobrevivieron al exilio. 

Folletería de los lugares visitados.
Tan linda como inútil.
Comencé empacando la ropa invernal que ya no usaré en los siguientes días y depuré mi guardarropa embolsando esas otras prendas que han cumplido su ciclo de vida apareciendo en suficientes fotografías de féisbuc. Para las chamarras, usé bolsas que empacan al vacío, de modo que el bulto quedó comprimido y me ahorré mucho espacio (muy, muy recomendables. Cinco bolsas a veinte dólares en Amazon.com o Five Below). Los zapatos aún no los empaco porque siento que quiero usarlos todos, mientras que al mirarlos en fila me siento entre orgullosa y avergonzada de poseerlos: ¿cuándo acumulé veinte pares?

Parte de mi experiencia au pair la invertí planeando
una boda que jamás hubiera podido pagar.
Vacié mis cajones para decidir qué conservar y qué desechar, y me encontré con un sinfín de chácharas (la porquería materializada) que almacené a lo largo de mi estadía por las más variadas razones: flojera, aprecio o temor a desecharlo y necesitarlo después. Encontré un recibo de pago del curso de inglés tomado en enero de 2012, diseños a mano alzada del que sería mi vestido de novia, las cajitas de SENSA que compré cuando decidí que quería bajar de peso sin sudar -juro solemnemente no volver a ser víctima del telemarketing-, un fólder rojo y agrietado con mis estados de cuenta mensuales, los folletos que conservé como souvenirs de los viajes realizados,  mis agendas 2011-2013, así como también el set de pinceles y brochas que compré para nuestras cada vez más ausentes sesiones de art craft. Mientras que de mi corcho de pared aún penden algunas postales, un calendario, una tabla de conversión de medidas cortesía de Cultural Care, varias tiras de fotografías de cabina (sueño americano número 2894), una receta para enfrijoladas que nunca preparé, una corona de flores que me regaló Pepina y muchísimos pedazos de papel con contenidos tan variados que van desde listas de pagos por hacer, frases de autoapoyo para evitar el sucidio en la desolación, hasta el dibujo a pluma de un pequeño ponny que tracé en una tarde de aburrimiento. De todos esos artículos, como Darwin apuntó hace dos siglos, sólo sobrevivirán los que sean necesarios para repoblar mi nuevo hogar. Allá donde voy, no necesito un mapa de metro de Washington DC.

Por su parte, los artículos de uso personal aún no los empaco porque durante los siguientes trece días  aún necesitaré crema, mousse, astringente, y todos esos artilugios de uso femenino y metrosexual. Sin embargo, me encuentro doblando las dosis para depurar un poco la canasta, pues no quiero que a causa de unas gotas de sílica para el cabello mi muy ajustado presupuesto escape de los límites previstos.
A su vez, mi baúl de accesorios para arreglo personal, que durante el último año fue significativamente enriquecido por una señorita de nombre Claire (que es la versión gringa -y morada- de TodoModa) también tendrá que pasar por un riguroso filtro, al que no sobrevivirán los aretes que me lastiman ni las diademas que se me resbalan, a fin de hacer un poco más de espacio en la maleta de carry-on.

Mientras que mi ya armado rompecabezas de mil piezas de Sgt. Pepper lo podré transportar gracias a un adhesivo especial para rompecabezas armados por au pairs aburridas por las tardes (¡así dice el frasco!) que se aplica por encima y lo vuelve 342% más transportable, de modo que no tendré que numerar del uno a mil cada pieza del rompecabezas para volverlo a armar cuando llegue a casa.

Finalmente, bolsas, bufandas, guantes, mascadas y todos esos accesorios que siempre se guardan en el cajón inferior de nuestras cómodas, tendrán que pasar por el mismo proceso depurador. Tristísimo pero práctico.
Muchísima porquería que ya no continuará el viaje.

Y así es como uno vacía un año entero -o más- dentro de un par de maletas. Hacerlo  es motivador, casi tanto como nostálgico. Es estimulante saber que finalmente me estoy moviendo después de pasar tanto tiempo estática, pero no puedo evitar la nostalgia cuando me encuentro con esas fotitos mías haciendo caras raras junto a mis amigas que también hacen caras raras, o los dibujitos en crayones hechos por mis pequeños yankees con cariño para su au pair.
Empacar es, entonces, un recordatorio de que debemos seguir adelante, y también, de que una vez que nos ponemos en el camino, no todo lo que hemos conseguido puede acompañarnos de vuelta.


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